Editorial

Algo está profundamente podrido en RD

Compartir

@abrilpenaabreu

Algo está profundamente podrido en una parte de la sociedad dominicana. Tan podrido, que no pueden ocultarlo ni el boato, ni los restaurantes de moda, ni los grandes eventos, ni los edificios cada vez más altos, ni la ropa exquisita, aunque muchas veces sea de paca.

El desagradable espectáculo creado alrededor del delincuente apodado “Peluche” debería avergonzarnos.

En medio del circo parece haberse olvidado lo esencial: estamos hablando de un hombre vinculado a una estructura criminal, señalado por matar a una persona y por abrir fuego contra un grupo mientras intentaba acabar con la vida de otras dos.

¿Dónde quedó el horror ante semejante desprecio por la vida?

La conversación pública no está concentrada en las víctimas, en la violencia ni en el daño causado. Está concentrada en cinco mujeres que se lanzan improperios en las redes sociales para disputarse la atención —y hasta la intimidad— de una ficha delincuencial.

Y hay que escuchar el orgullo con el que hablan.

Se perdió hasta la vergüenza ajena. Cualquiera pensaría que una persona relacionada sentimentalmente con un delincuente evitaría exhibir esa asociación. Cualquiera imaginaría que nadie gritaría a los cuatro vientos su cercanía con uno o varios miembros de una banda criminal.

Pero aquí sucede lo contrario: lo proclaman como si se tratara de una medalla. No comprenden que, tratando de exhibir estatus, lo que hacen es enseñar el refajo moral de todo un entorno.

Sin embargo, todavía más preocupante ha sido la respuesta de la sociedad.

Atrás quedó rápidamente el horror provocado por la muerte del artista urbano que, sin tener vela en ese entierro, cayó abatido por la acción de esos desaprensivos. Una vida inocente se convirtió en un detalle secundario frente al espectáculo.

Ayer, para una parte del ecosistema digital, el momento más esperado no era conocer la verdad, escuchar a las familias afectadas ni reclamar justicia. Era ver cuándo llegaría al velorio el harén del fallecido y cuál de las mujeres protagonizaría el próximo escándalo.

Eso no es entretenimiento inocente, es degradación. Cuando una sociedad convierte al victimario en celebridad, a sus relaciones en protagonistas y a las víctimas en simples notas al pie, algo muy grave está ocurriendo.

Estamos romantizando la delincuencia, premiando la vulgaridad con millones de visualizaciones y convirtiendo el crimen en una plataforma para alcanzar notoriedad. Después del baño de sangre vivido la semana pasada, concentrarnos en semejante circo resulta asqueante y nauseabundo.

No basta con señalar la falta de criterio de esas mujeres. También debemos preguntarnos por qué tanta gente está consumiendo, compartiendo y celebrando el espectáculo.

Porque ellas podrán estar enseñando el refajo, pero es la sociedad completa la que está quedando desnuda y lo que se está viendo no es bonito: una preocupante pérdida de humanidad, de pudor y de sentido moral.