Por Luis Henríquez
La política dominicana continúa enfocada en el corto plazo. Cada proceso electoral se llena de promesas inmediatas, soluciones coyunturales y propuestas diseñadas para el próximo presupuesto nacional. Sin embargo, la República Dominicana de hoy no puede seguir planificándose a cuatro años.
El país necesita discutir con seriedad una Agenda País 2050.
La planificación estratégica no es un concepto ajeno a nuestra institucionalidad. La Ley 1-12, que consagra la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030, estableció un marco importante. Pero el 2030 está cerca, y aún no se ha planteado con firmeza el modelo de nación que aspiramos consolidar a mediados de siglo.
Pensar en el 2050 no es un ejercicio académico; es una necesidad económica y social.
Infraestructura, energía, educación, seguridad social, sostenibilidad fiscal y ordenamiento territorial son procesos estructurales que requieren continuidad más allá de un período presidencial. Ninguna transformación profunda puede consolidarse en cuatro años.
La expansión urbana acelerada, particularmente en polos como Santo Domingo Este, evidencia el dinamismo económico del país. Pero también muestra nuestras debilidades: movilidad limitada, presión sobre servicios públicos, planificación fragmentada y vulnerabilidad climática.
Si el crecimiento no se acompaña de una visión territorial clara hacia el 2050, se convierte en desorden. Y el desorden genera costo social y fiscal.
Una Agenda País 2050 debería responder preguntas fundamentales:
• ¿Cuál será la matriz energética nacional?
• ¿Cómo garantizaremos sostenibilidad del sistema de pensiones?
• ¿Qué sectores liderarán la economía en un mundo digital?
• ¿Cómo insertaremos al país en cadenas globales de valor?
• ¿Qué modelo territorial evitará la improvisación urbana?
Las economías competitivas planifican a 20 y 30 años. Los inversionistas valoran estabilidad, continuidad y claridad estratégica. El país que no proyecta su futuro pierde credibilidad.
El mayor reto dominicano no es la falta de crecimiento; es la falta de continuidad estratégica.
Por eso, los aspirantes presidenciales deberían comprometerse públicamente con una visión país al 2050. No como consigna electoral, sino como pacto nacional verificable.
La madurez política se mide por la capacidad de pensar en la próxima generación.
La República Dominicana debe decidir si seguirá administrando coyunturas o si finalmente diseñará su futuro.
El 2050 no es lejano. Es la próxima generación



