@Abrilpenaabreu
En medio de una creciente incertidumbre internacional marcada por el conflicto en Medio Oriente, el presidente Luis Abinader ha planteado la necesidad de un acuerdo nacional que permita enfrentar los efectos económicos de una posible crisis global.
La propuesta, en esencia, es correcta. Ningún gobierno, por más sólido que sea, puede enfrentar solo una coyuntura de esta magnitud. Cuando lo que está en juego es la estabilidad económica, el costo de la vida y el bienestar colectivo, se requiere el concurso de todos: sector privado, partidos políticos, sociedad civil y ciudadanía.
Sin embargo, la historia reciente obliga a hacer una pausa incómoda.
No es la primera vez que se convoca a un pacto país. República Dominicana ha sido escenario de múltiples intentos de acuerdos nacionales en temas estructurales —electricidad, fiscalidad, seguridad social— que, en muchos casos, han terminado diluyéndose entre mesas de diálogo interminables, intereses encontrados y falta de voluntad real para ejecutar lo acordado.
El llamado Pacto Eléctrico, por ejemplo, se presentó como una solución integral a uno de los problemas más persistentes del país. Años después, sus resultados siguen siendo objeto de cuestionamientos, con avances limitados frente a expectativas que fueron, en su momento, elevadas.
Lo mismo ha ocurrido con espacios institucionales diseñados para promover consensos, donde las discusiones suelen prolongarse sin traducirse en decisiones concretas. El problema no es la falta de diálogo; es la falta de resultados.
Y es ahí donde el actual llamado del Gobierno enfrenta su mayor desafío.
Porque un acuerdo nacional no puede ser simplemente una declaración de buenas intenciones ni una fotografía política de unidad momentánea. Debe ser un compromiso medible, con plazos claros, responsabilidades definidas y mecanismos de seguimiento que eviten que termine archivado como tantos otros.
La crisis que se perfila no es menor. El posible aumento de los precios del petróleo, la presión inflacionaria y el impacto sobre sectores productivos pueden alterar significativamente la economía dominicana en los próximos meses. En ese contexto, anticiparse es una necesidad, no una opción.
Pero anticiparse bien implica aprender del pasado.
Si el país va a sentarse nuevamente en una mesa de diálogo, debe hacerlo con una premisa distinta: menos retórica y más ejecución. Menos anuncios y más resultados. Menos consensos simbólicos y más decisiones que se traduzcan en políticas públicas efectivas.
El Gobierno ha dado un paso correcto al reconocer que esta crisis no puede enfrentarse en solitario. Ahora le corresponde demostrar que este acuerdo no será uno más en la larga lista de intentos fallidos.
Porque en momentos de incertidumbre global, lo que realmente necesita el país no es otro pacto…sino uno que funcione.



