@abrilepenaanreu
Un hombre se entregó esta semana a las autoridades acusado de haber abusado sexualmente de su hijastra desde que la niña tenía once años. Y lo hizo con una declaración que resume, con una claridad aterradora, el problema cultural más profundo que tiene este país frente a la protección de la infancia: dijo que cometió el error que cualquier hombre comete, que se dejó llevar de la tentación, y que él no agredió a la niña sino que tenía una relación con ella de más de un año.
Una niña de once años.
Lo más perturbador no es que ese hombre lo piense, aunque ya eso sería suficiente para ocupar páginas enteras de análisis psicológico y judicial. Lo más perturbador es leer los comentarios de ciudadanos comunes debajo de la noticia, cientos, fácilmente miles, que no terminan de entender que una menor de edad no tiene capacidad legal ni emocional de consentir absolutamente nada, que confunden sexualidad temprana con madurez como si una cosa tuviera algo que ver con la otra, que hablan de “relación” donde la ley y la ciencia hablan de abuso, y que con cada comentario normalizador revelan que el problema no es solo el imputado sino la cultura que lo produjo y que sigue reproduciéndose en tiempo real en la sección de comentarios de una noticia sobre una niña abusada desde los once años.
Esto no es nuevo y hay que decirlo con honestidad, porque la tentación de llamarle moda a cada ola de casos que se viraliza es una forma cómoda de esquivar la pregunta real. Los abusos sexuales contra menores no aumentaron porque se pusieron de moda, aumentaron en la conversación pública porque las víctimas y sus familias se atreven más a denunciar, porque las redes sociales no permiten que el silencio institucional los entierre con la misma facilidad de antes, y porque cuando uno revisa las estadísticas reales de agresiones sexuales que documenta la Procuraduría General de la República los números son tan devastadores que cuesta entender cómo este debate no está permanentemente en el centro de la agenda pública.
El problema de fondo es una sociedad que sigue sin terminar de procesar que un niño es un niño, que la infancia no es una etapa que algunos niños “superan” antes de tiempo sino una condición jurídica y humana que no depende del desarrollo físico ni de la percepción del adulto que la viola, que ninguna niña de once años puede “querer” a un adulto en el sentido que justifica ese adulto, y que cuando un hombre mayor abusa de una menor bajo su cuidado y protección no hay error ni tentación sino una decisión deliberada de ejercer poder sobre alguien que no puede defenderse.
República Dominicana tiene leyes que protegen a los menores. Tiene una Procuraduría que persigue estos casos. Tiene instituciones que en el papel están diseñadas para responder. Lo que no tiene es el consenso cultural mínimo que convierte esas leyes en algo más que texto, el que hace que la sociedad entera rechace sin matices y sin “peros” el abuso de un adulto sobre un menor, sin importar cuánto tiempo duró, sin importar qué dijo el abusador que sintió, sin importar si la niña “parecía mayor”.
Porque mientras existan miles de comentarios normalizando lo que le hicieron a esa niña desde los once años, las leyes van a seguir siendo necesarias pero insuficientes. Y mientras una sociedad enferma siga confundiendo la madurez física de una menor con la capacidad de consentir, vamos a seguir produciendo hombres que se entreguen a la justicia convencidos de que cometieron el error que cualquier hombre comete.
Los niños son niños, eso no debería necesitar explicación en 2026, que todavía la necesite es la medida exacta de cuánto nos falta.



