Editorial

Salud masculina: la mitad olvidada de la conversación

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@abrilpenaabreu

La semana pasada se conmemoró la Semana Internacional de la Salud Masculina, pasó prácticamente desapercibida.

No hubo grandes campañas, no ocupó titulares, no provocó debates nacionales, no movilizó instituciones. Y, sin embargo, estamos hablando de la salud de casi la mitad de la población, quizás una de las conversaciones más incómodas de nuestro tiempo es reconocer que la desigualdad también puede tener rostro de hombre.

Durante años hemos avanzado, con razón, en la identificación de múltiples brechas que afectan a las mujeres, hemos desarrollado políticas públicas, campañas de concienciación y espacios de discusión que buscan corregir injusticias históricas. Pero mientras eso ocurre, seguimos ignorando una pregunta fundamental: ¿qué está pasando con los hombres? ¿Se les escucha? ¿Se les enseña a gestionar sus emociones? ¿ Se trabaja en su salud mental? ¿Se conocen realmente sus necesidades y prioridades? ¿Existen suficientes programas dirigidos a ellos? ¿Quién está estudiando las causas de sus principales problemas de salud?

Los datos son preocupantes, los hombres acuden menos al médico, se realizan menos chequeos preventivos y suelen llegar más tarde a los servicios de salud. Mueren más por enfermedades cardiovasculares, presentan mayores tasas de accidentes laborales y de tránsito, y registran niveles significativamente más altos de suicidio en numerosos países.

A pesar de ello, la conversación pública rara vez gira en torno a estos temas, hemos construido una sociedad que durante décadas exigió al hombre ser proveedor, protector y resistente. Se le enseñó a soportar el dolor, a callar sus emociones y a resolver sus problemas en silencio. Paradójicamente, muchas de esas exigencias que durante años fueron vistas como privilegios también trajeron consigo profundas cargas e importantes niveles de abandono institucional. No se trata de victimizar a nadie.

Tampoco de restar importancia a las luchas legítimas de las mujeres. Se trata de comprender que una sociedad saludable no puede permitirse ignorar los problemas de ninguno de sus ciudadanos.

La violencia, por ejemplo, suele analizarse exclusivamente desde sus consecuencias, pero pocas veces se estudian con la misma intensidad los factores que la generan. ¿Qué ocurre cuando miles de niños crecen sin herramientas para manejar la frustración, el rechazo o la ira? ¿Qué sucede cuando la salud mental masculina sigue siendo un tema tabú? ¿Cuánto influye la falta de acompañamiento emocional en los problemas que luego lamentamos como sociedad? Son preguntas incómodas, pero necesarias.

No podemos hablar seriamente de igualdad mientras unas problemáticas reciben toda la atención pública y otras permanecen prácticamente invisibles. No podemos aspirar a una sociedad más justa si las efemérides dedicadas a los hombres pasan sin pena ni gloria, mientras los indicadores de salud, bienestar emocional y mortalidad continúan deteriorándose.

Y no, esto no es un reclamo identitario. Es un tema de salud pública, es un tema económico. Es un tema de desarrollo humano. Porque detrás de cada estadística hay padres, hijos, hermanos, esposos, trabajadores y ciudadanos cuya salud impacta directamente a sus familias y al país.

La verdadera igualdad no consiste en sustituir una indiferencia por otra. Consiste en reconocer que los problemas de hombres y mujeres merecen atención, comprensión y respuestas. Quizás haya llegado el momento de entender que la salud masculina no es un asunto secundario ni una causa menor.

Es, sencillamente, una responsabilidad colectiva que hemos decidido ignorar durante demasiado tiempo.