@abrilpenaabreu
Es curioso ver cómo se exige libertad de expresión mientras, al mismo tiempo, se promueve, se insinúa o se deja caer la idea de tumbar las cuentas de quienes no coinciden con nuestras ideas.
Tumbar una cuenta puede parecer un chiste o una simple travesura digital, pero no lo es, en primer lugar, porque quienes participan en esas campañas están vulnerando el derecho de otros a expresarse, ese mismo derecho que reclaman con vehemencia cuando sienten que el suyo está amenazado.
Además, las redes sociales son, en la práctica, un medio de comunicación, para muchas personas representan años de trabajo, una comunidad construida con esfuerzo y, en algunos casos, un activo que vale millones de pesos. Derribar una cuenta no solo busca silenciar una voz; también puede destruir un proyecto profesional, una fuente de ingresos y un patrimonio digital.
Lo más preocupante es la doble moral, la libertad de expresión parece ser un principio irrenunciable únicamente cuando protege nuestras ideas, nuestras causas y a quienes piensan como nosotros. Pero cuando quien habla es el otro —el que nos contradice, nos incomoda o simplemente nos cae mal—, entonces esa libertad deja de parecernos tan importante.
Y es ahí donde caemos en la misma práctica que tanto criticamos, cambian los protagonistas, cambian las banderas y cambian los discursos, pero el objetivo sigue siendo el mismo: silenciar al que piensa diferente.
La verdadera defensa de la libertad de expresión comienza precisamente cuando protegemos el derecho a hablar de quien dice aquello con lo que no estamos de acuerdo, defender únicamente las voces afines no es defender la libertad; es defender nuestros intereses.
Porque, al final, quien pretende callar al otro mientras exige que nunca callen su propia voz termina pareciéndose demasiado a aquello que asegura combatir. Y, como dice el viejo refrán, son burros hablando de orejas.



