Por Abril Peña
Una joven dominicana pide ayuda para completar una beca en Suiza, y lo que recibe no es respaldo, ni orgullo, ni aliento. Recibe odio. Recibe burla. Recibe ataques xenófobos, clasistas y sexistas.
Porque se llama Tai Sha —no María o Juana— muchos la niegan como dominicana. Porque tiene la piel oscura, de inmediato la mandan a “pedir en su letrina-país”. Porque es mujer, asumen que si no está “cuereando” es porque “se le acabaron los viejos”. Y porque quiere estudiar en el extranjero, le gritan que se inscriba en la UASD.
Lo que le han hecho a esta joven es un acto colectivo de crueldad. Y no es nuevo: cada vez que una mujer negra, brillante y fuera del molde levanta la voz, esta sociedad la aplasta con prejuicios.
Que no se malinterprete: nadie está obligado a donar. Pero ¿por qué humillarla? ¿Por qué denigrarla? ¿Por qué convertir una legítima petición de ayuda en un circo de odio?
Aquí se celebra más al que hace un “challenge” ridículo en TikTok que al que gana el Premio Nacional de la Juventud. Aplaudimos al que se burla, no al que estudia. Y a quien intenta superarse sin apadrinamiento político, lo hacemos pedazos.
El caso Tai Sha no habla solo de ella. Habla de lo que somos. De lo incómodo que nos resulta ver a una joven con ambición que no nos debe nada, que no pide permiso para soñar, que no se acompleja por no venir de cuna rica.
Y por eso —porque no pertenece a ningún grupo, ni se acomoda al estereotipo de “agradecida”— esta sociedad la odia.
No es Tai Sha quien debería dar explicaciones. Es esta sociedad, enferma de resentimiento y racismo internalizado, la que tiene que mirarse en el espejo. Porque hoy fue ella. Mañana puede ser tu hija.



