@abrilpenaabreu
Se ha sabido que, durante las “clases” impartidas por el presidente, los estudiantes le plantearon —entre otras cosas— una petición concreta: empleos. Y no es, ni de lejos, un pedido menor.
Ya habíamos señalado que entre las prioridades establecidas por el Gobierno dominicano figura el empleo. En el caso de los adolescentes, este tema es todavía más delicado. Resulta doloroso que jóvenes que deberían estar pensando en disfrutar su etapa formativa hayan tenido que madurar tan rápido como para sentir la urgencia de trabajar. Pero vista la realidad social, no es un pedido necio ni caprichoso.
Muchos de estos jóvenes saben que, al graduarse, quedarán atrapados en el círculo vicioso de siempre: no me dan empleo porque no tengo experiencia, pero nunca tendré experiencia si no me dan empleo. A eso se suma que incluso quienes logran insertarse en el mercado laboral suelen acceder a empleos de baja calidad y muy mal remunerados, especialmente si se toma en cuenta la pérdida del poder adquisitivo del peso, la inflación persistente y el alto costo de la canasta básica.
Por eso no sorprende que una parte importante termine en la informalidad. Hoy, en muchos casos, ser delivery deja más ingresos que un empleo formal, al que solo podrían acceder con una educación deficiente y pocas habilidades técnicas. Este es el caldo de cultivo perfecto para la precariedad laboral, la informalidad crónica y decisiones de vida tomadas a destiempo, como formar una familia sin condiciones mínimas de estabilidad.
Visto así, la petición de los estudiantes no solo no es un capricho: condensa en una sola demanda varias de las prioridades que el propio Gobierno ha trazado para 2026. Para que estos jóvenes puedan insertarse en el mercado laboral sin caer en la informalidad, se necesita una cadena de acciones coherentes.
Primero, educación de calidad, orientada a dotarlos de habilidades básicas reales y alineadas con las exigencias del mercado. Eso implica revisar profundamente cómo funcionan hoy nuestras escuelas o, alternativamente, masificar los centros de formación técnica, como los CTS o el INFOTEP.
Segundo, alianzas estratégicas con el sector empresarial, grandes, medianos y pequeños. Explorar esquemas donde los estudiantes puedan realizar pasantías o trabajos de medio tiempo remunerados, quizás como incentivo al buen rendimiento académico, pero con una condición clara: no abandonar la escuela.
Encontrar el equilibrio perfecto no es fácil. Estas expectativas llevan años rondando la opinión pública y se han ensayado programas piloto con resultados dispares. Sin embargo, el hecho de que el presidente se siente en un aula y escuche directamente a los estudiantes es un paso valioso: permite dejar de lado los informes fríos y estadísticas impersonales para ponerle rostro humano a las prioridades del país.
Porque gobernar también es eso: escuchar, entender y asumir que detrás de cada política pública hay vidas reales que no pueden seguir esperando.



