La comitiva: La familia es el poder
Trujillo no viajó solo. Para demostrar que su régimen era un asunto de familia, el Generalísimo dominicano estuvo acompañado por su esposa, María de los Ángeles Martínez Alba (conocida como “La Españolita”) y su hermano Generalísimo Héctor Bienvenido Trujillo Molina «Negro», quien fungía como presidente, mientras el hermano manejaba los hilos desde las sombras, su hija Angelita, Joaquín Balaguer.
La comitiva incluía, además, a varios miembros de su círculo más íntimo y a su hijo Rafael Leónidas Trujillo Martínez, el «Ramfis».
Para la dictadura dominicana, la presencia de los herederos del clan era una declaración de intenciones: los Trujillo eran una dinastía.
Estancia y abrazos oficiales
La estancia en Madrid fue una coreografía de poder. Franco y Trujillo se encontraron cara a cara en el Palacio de El Pardo. Los protocolos de la época señalan que ambos «Generalísimos» (Franco había sido nombrado Generalísimo de los Ejércitos Españoles, y Trujillo se había auto-otorgado el mismo rango en 1933) se fundieron en un efusivo abrazo ante las cámaras .
Para sorpresa de los asistentes, Trujillo —hombre vanidoso hasta la exageración— se sintió cómodo en un entorno que replicaba su propio culto a la personalidad.
Durante la cena de gala en el Palacio de Oriente, las conversaciones giraron en torno a la defensa de la «Hispanidad» y el anticomunismo, pilares de ambos regímenes.
Un detalle macabro selló esta alianza póstumamente. El dictador español otorgó a Trujillo un privilegio insólito: un terreno en el cementerio de Mingorrubio (El Pardo), donde Trujillo planeaba descansar en caso de exilio o muerte.
Hoy, la historia, sus actos, han sido cruel con ambos: sus restos yacen a escasa distancia.
El trueque de joyas y condecoraciones
Si algo caracterizaba a Rafael Leónidas Trujillo era su pasión enfermiza por las medallas, los títulos y las condecoraciones, una obsesión que le valió el apodo de «Chapita» . La visita a Franco fue una oportunidad perfecta para alimentar su colección.
El intercambio de regalos
Si bien la prensa de la época fue discreta con los objetos personales, la diplomacia cultural dejó claro el intercambio de regalos institucionales.
Trujillo, amante de lo ostentoso, obsequió a Franco objetos de valor dominicano, probablemente joyas enchapadas en oro y ámbar, aunque la prensa internacional destacó el carácter «simbólico» de los obsequios: un retrato del «Benefactor» y la imposición de la máxima distinción dominicana.
Las Condecoraciones
Aquí fue donde se desató la parafernalia. Ambos dictadores se colgaron al pecho los máximos honores de sus respectivos países.
Lo que España le dio a Trujillo: El gobierno de Franco entregó a Trujillo el Collar de la Orden de Isabel la Católica . No era una medalla cualquiera; era el grado más alto de esta orden, reservado para Jefes de Estado. Para completar el conjunto, el Jefe dominicano también recibió la Gran Cruz de la Orden de Carlos III .
Lo que Trujillo le dio a Franco: En un gesto de propaganda mutua, Trujillo impuso a Francisco Franco la máxima condecoración de su invención: la Gran Cruz de Oro de la Orden de Trujillo .
Esta orden había sido creada específicamente para glorificar a su homólogo, y otorgársela a Franco significaba incorporar al Caudillo español dentro del «culto a Trujillo».
Además, Franco recibió la Orden de Cristóbal Colón, otra de las medallas inventadas por Trujillo para ensalzar su vínculo con la historia de España, como dicen los dominicanos, muy “tigre”.
Epílogo de una dictadura amiga
La visita de Trujillo a España fue un éxito de propaganda para ambos. Sin embargo, la historia no sería clemente.
Siete años después, en 1961, Trujillo sería ajusticiado en una emboscada en San Cristóbal RD. Su cadáver fue repatriado y, cumpliendo la promesa hecha por Franco, enterrado en el cementerio de Mingorrubio, en el Pardo Madrid, donde descansa durante décadas junto a los restos de su aliado español.



