Opinión

Tolstói vs. Dostoyevski

Denny Agramonte


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Hay dos maneras de mirar el abismo. Una consiste en contemplarlo desde la distancia, como quien observa una llanura cuya extensión termina confundiendo el horizonte con el infinito. La otra consiste en descender. Tolstói y Dostoyevski eligieron, respectivamente, esas dos posibilidades. El primero quiso comprender al hombre dentro de la inmensidad de la vida; el segundo quiso descubrir qué monstruos, qué santos y qué dioses podían habitar dentro de un solo hombre.

Ambos escribieron sobre la culpa, la muerte, el amor, Dios, la guerra, la sociedad y la libertad. Ambos sospecharon de las certezas humanas. Ambos conocieron la tentación de convertir la literatura en una forma de conocimiento. Pero allí donde Tolstói buscaba una verdad capaz de ordenar la existencia, Dostoyevski encontraba una verdad que parecía nacer precisamente del desorden.

Tolstói contempló al hombre desde afuera para terminar penetrando en su intimidad. Dostoyevski hizo lo contrario: penetró primero en la conciencia y desde allí contempló el universo.

El resultado fueron dos de las visiones más poderosas de la condición humana.

En Tolstói, el individuo parece pequeño frente a las fuerzas innumerables que constituyen la historia. Los hombres creen actuar libremente, pero sus decisiones se entrelazan con millones de circunstancias que desconocen. Los generales creen conducir los ejércitos; los emperadores creen gobernar los acontecimientos; los políticos creen modificar el curso del mundo. Sin embargo, detrás de esas voluntades existe una multitud de causas invisibles.

La historia, para Tolstói, es una especie de laberinto sin arquitecto.

Dostoyevski construye otro laberinto: el de la conciencia.

Su hombre no está perdido entre acontecimientos, sino dentro de sí mismo. Raskólnikov no necesita un ejército para desafiar el orden moral: le basta una idea. Iván Karamázov no necesita negar a Dios mediante una demostración filosófica; le basta enfrentar el problema del sufrimiento. El hombre del subsuelo no necesita conquistar el mundo; le basta rebelarse contra cualquier sistema que pretenda explicar su existencia.

Tolstói sospecha de la ilusión de que podemos dominar la historia.

Dostoyevski sospecha de la ilusión de que podemos dominarnos a nosotros mismos.

Ahí comienza la verdadera diferencia.

Para Tolstói, la soberbia consiste en imaginar que el individuo es el centro de la realidad. Para Dostoyevski, la soberbia puede adquirir una forma todavía más peligrosa: creer que la inteligencia permite situarse por encima del bien y del mal.

Raskólnikov asesina a una anciana, pero el verdadero crimen no comienza con el hacha. Comienza mucho antes, cuando una teoría le permite imaginar que ciertos hombres poseen el derecho de transgredir la ley moral porque se consideran superiores a los demás. El asesinato es solamente la consecuencia material de una enfermedad intelectual.

Dostoyevski comprendió algo que el siglo XX convertiría en tragedia: las ideas pueden convertirse en cárceles cuando dejan de ser interrogadas.

Un hombre puede matar por odio.

Pero puede matar también por una teoría.

Y quizá el segundo caso sea más terrible, porque quien mata por odio todavía reconoce, en algún rincón de sí mismo, la existencia de una pasión; quien mata en nombre de una idea puede llegar a considerar virtuoso el crimen.

Tolstói habría visto allí la corrupción del individuo.

Dostoyevski vio la corrupción de la libertad.

Porque la libertad es uno de los grandes campos de batalla entre ambos. Tolstói sospecha de la voluntad individual porque la vida es demasiado compleja para que un hombre pueda comprender todas las causas de sus actos. Dostoyevski, en cambio, lleva la libertad hasta un extremo casi insoportable: el hombre puede elegir incluso aquello que lo destruye.

Puede elegir su desgracia.

Puede elegir su humillación.

Puede elegir la rebelión contra su propia felicidad.

El hombre del subsuelo es quizá la demostración más feroz de esta paradoja. Si se pudiera construir una sociedad en la que todos fueran racionalmente felices, afirma implícitamente Dostoyevski, todavía quedaría un hombre dispuesto a destruir esa felicidad para demostrar que no es una máquina.

La irracionalidad sería, en cierto sentido, su último territorio de libertad.

Tolstói contempla esta tragedia desde una perspectiva distinta. Su respuesta a la confusión humana no es exaltar la rebelión, sino reducir el dominio de las pasiones. La grandeza de sus personajes aparece cuando abandonan la máscara que la sociedad les ha impuesto.

El príncipe Andréi descubre, frente a la muerte, que la gloria era una ilusión.

Pierre Bezukhov descubre que la vida no necesita ser extraordinaria para ser verdadera.

Levin descubre que una existencia sencilla puede contener una profundidad que ningún sistema intelectual consigue agotar.

Tolstói desconfía de la grandeza.

Dostoyevski desconfía de la tranquilidad.

El primero quiere devolver al hombre a la sencillez.

El segundo quiere obligarlo a atravesar el fuego de sus contradicciones.

Y, sin embargo, ambos terminan encontrándose en un lugar inesperado: la compasión.

Tolstói la descubre en la renuncia al egoísmo. Dostoyevski, en el reconocimiento de la fragilidad humana. Para ambos, la salvación comienza cuando el hombre deja de considerarse autosuficiente.

Pero incluso aquí difieren.

La espiritualidad de Tolstói aspira a una claridad casi moral. Hay en él una voluntad de depuración: desprenderse de la riqueza, del orgullo, de la violencia, de la mentira, de las convenciones que deforman la existencia.

Dostoyevski no permite semejante limpieza.

Su santidad está rodeada de pecadores.

Su fe convive con la duda.

Su redención atraviesa el crimen.

Su luz nace en lugares donde Tolstói quizá habría encontrado principalmente oscuridad.

Por eso sus cristianismos son diferentes. Tolstói busca una moral capaz de transformar la vida cotidiana. Dostoyevski busca una verdad capaz de rescatar al hombre incluso después de haber descendido a las regiones más profundas de su propia degradación.

Uno cree que debemos aprender a vivir.

El otro parece decirnos que debemos aprender a resucitar.

También difieren ante el Estado, la sociedad y la historia. Tolstói mira las instituciones con una desconfianza casi anárquica. Le parecen construcciones humanas que terminan adquiriendo una autoridad que nadie puede justificar moralmente. La violencia organizada le resulta especialmente insoportable.

Dostoyevski es más ambiguo. Comprende la enfermedad política porque comprende primero la enfermedad espiritual. Sabe que una revolución puede destruir una estructura injusta y, al mismo tiempo, liberar fuerzas todavía más terribles.

En Los demonios aparece una intuición profética: cuando los hombres pierden toda trascendencia, pueden terminar adorando cualquier ideología que prometa sentido.

El nihilismo no sería entonces la ausencia de fe.

Sería la necesidad desesperada de sustituirla.

Esta es quizá una de las razones por las que Dostoyevski continúa siendo tan contemporáneo. Comprendió que el hombre no soporta fácilmente el vacío. Cuando deja de creer en algo superior, no necesariamente abandona la religión: puede convertir la nación, la revolución, la raza, el dinero, el Estado, la ideología o incluso su propio ego en un nuevo dios.

Tolstói habría preguntado cómo vivir correctamente.

Dostoyevski habría preguntado qué estamos dispuestos a hacer cuando descubrimos que podemos vivir sin una respuesta.

La diferencia parece mínima.

Es, en realidad, un abismo.

Tolstói representa la búsqueda de la armonía.

Dostoyevski, la revelación de la contradicción.

Tolstói observa el mundo y encuentra una complejidad que ningún individuo puede dominar.

Dostoyevski observa al individuo y encuentra una profundidad que ningún sistema puede explicar.

El primero es el novelista de la totalidad.

El segundo, el novelista de la fractura.

Y acaso por eso Guerra y paz y Los hermanos Karamázov parecen libros escritos desde dos extremos del mismo universo. En Tolstói, una multitud de vidas se entrelaza hasta formar una visión de la historia. En Dostoyevski, unas pocas conciencias se enfrentan hasta convertir una habitación en un cosmos.

Uno necesita el mundo entero para explicar al hombre.

El otro necesita un hombre para poner en duda el mundo entero.

Tal vez ésa sea la razón última de su grandeza.

No fueron simplemente dos novelistas rusos.

Fueron dos respuestas a la misma pregunta.

¿Qué es el hombre?

Tolstói responde: un ser perdido entre fuerzas que no comprende, condenado a descubrir que la gloria es efímera y que la vida verdadera puede encontrarse en la humildad, el amor y la renuncia.

Dostoyevski responde: un ser capaz de amar y destruir, de creer y negar, de cometer un crimen para demostrar una teoría y de buscar a Dios precisamente después de haberlo negado.

Tolstói nos enseña que somos menos poderosos de lo que creemos.

Dostoyevski nos advierte que somos más peligrosos de lo que imaginamos.

Entre ambos queda suspendido el hombre moderno: demasiado racional para aceptar inocentemente el misterio y demasiado necesitado de misterio para vivir únicamente de la razón.

Quizá Tolstói sea la conciencia que desea reconciliarse con el universo.

Quizá Dostoyevski sea la conciencia que todavía no ha conseguido perdonarse.

Uno contempla la inmensidad y aprende humildad.

El otro contempla la oscuridad y descubre libertad.

Y entre esa humildad y esa libertad, entre la llanura de Tolstói y el subsuelo de Dostoyevski, permanece intacta la pregunta que ningún gran escritor ha conseguido destruir: si el hombre está condenado a buscar un sentido, ¿qué ocurre cuando finalmente descubre que el sentido también lo estaba buscando a él?