Opinión

La importancia de los debates para la democracia dominicana

Escrito por: Montserrat Martos


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Uno de los principios fundamentales de la democracia descansa en el sufragio universal: el voto de cada ciudadano tiene exactamente el mismo valor. Como se ha dicho, este principio “otorga el mismo derecho al sabio y al ignorante, puesto que lo otorga en virtud del derecho natural”.

Y es precisamente ahí donde comienza una reflexión que considero necesaria: si todos decidimos por igual, ¿qué tan preparados estamos para decidir?

La pregunta no pretende cuestionar el derecho de nadie a elegir. Ese derecho es incuestionable. Lo que debemos analizar es qué herramientas tiene el ciudadano para comprender la realidad, contrastar propuestas, distinguir hechos de percepciones y, finalmente, ejercer un voto verdaderamente informado.

En República Dominicana, el problema ya no puede analizarse únicamente desde el acceso a la educación o a la información. El verdadero desafío está en nuestra capacidad para comprender, procesar y discernir la información que recibimos.

Los datos educativos ayudan a dimensionarlo.

Según datos publicados en 2026 por la UNESCO sobre la evolución educativa de la República Dominicana, el país ha logrado avances importantes en acceso y permanencia. La finalización de la educación primaria alcanza el 96 % y la del bachillerato el 64 %. Sin embargo, cuando dejamos de medir cuántos estudiantes llegan a las aulas y comenzamos a evaluar qué tanto están aprendiendo, la realidad cambia significativamente.

En lectura, la proporción de estudiantes que alcanza el nivel mínimo de competencias al finalizar la primaria pasó de un 8 % a un 16 %. Es una mejoría que debe reconocerse, pero también significa que la gran mayoría todavía no alcanza el nivel mínimo de competencia lectora esperado para esa etapa educativa.

Y aquí existe una diferencia fundamental: saber leer no necesariamente significa comprender lo que se lee.

Una persona puede reconocer las palabras de un texto y, sin embargo, tener dificultades para identificar su idea principal, relacionar informaciones, interpretar un argumento, cuestionar una afirmación o distinguir entre un hecho y una opinión. Estas competencias podrían parecer exclusivamente académicas, pero son también esenciales para el ejercicio de la ciudadanía.

Los resultados de PISA 2025 profundizan esta preocupación. República Dominicana obtuvo 361 puntos en Ciencias, 339 en Matemáticas y 346 en Lectura. Es justo reconocer que existen avances, especialmente en Ciencias, donde el país pasó de 336 puntos en 2018 a 361 en 2025. Sin embargo, también debemos poner esos resultados en perspectiva. En Lectura, República Dominicana obtuvo 346 puntos frente a los 461 del promedio de la OCDE y se ubicó en la posición 80 de 89 países y economías participantes.

Es decir, hemos avanzado, pero seguimos enfrentando una brecha considerable en competencias fundamentales para comprender, analizar y utilizar la información.

Y ahí está, a mi juicio, una parte importante del problema democrático.

Hoy el ciudadano dominicano tiene más acceso que nunca a información. Tiene un teléfono en las manos, redes sociales, medios digitales, buscadores y una cantidad prácticamente ilimitada de contenidos disponibles las 24 horas.

Por tanto, el problema ya no es el acceso a la información. El problema es nuestra capacidad para entenderla y discernirla.

¿Cómo distinguir un dato de una opinión? ¿Una propuesta viable de una promesa electoral? ¿Una información comprobada de un contenido diseñado para manipular emociones? ¿Cómo cuestionar un discurso político si no contamos con las herramientas necesarias para analizar los argumentos sobre los cuales está construido?

Tener más información no significa necesariamente estar mejor informado. Cuando no existen suficientes herramientas para comprender, contrastar y cuestionar lo que recibimos, la abundancia de contenidos puede producir el efecto contrario: una ciudadanía más expuesta a la información, pero también más vulnerable a la manipulación.

Históricamente, hemos visto cómo la política dominicana ha recurrido a dádivas, promesas, clientelismo y apelaciones emocionales para influir en la voluntad del elector. En estos tiempos, esas prácticas conviven con mecanismos de persuasión mucho más sofisticados y con una ciudadanía permanentemente expuesta a contenidos que compiten por influir en su percepción de la realidad.

Frente a este escenario, de lo que se trata es de propiciar un voto de mayor calidad para fortalecer nuestra democracia, creando mejores condiciones para que el ciudadano pueda conocer, comparar, cuestionar y decidir al momento de escoger a quienes tendrán la responsabilidad de representarlo.

Es ahí donde los debates adquieren un valor extraordinario.

El debate es un instrumento invaluable porque permite ir más allá de las promesas, los discursos preparados y las posturas cuidadosamente construidas por equipos de asesores. Pone de manifiesto capacidades intelectuales, conocimiento de los problemas nacionales, corrientes de pensamiento, capacidad argumentativa y estilos de liderazgo.

Permite conocer las propuestas de un candidato, pero también observar si tiene la capacidad de explicarlas y defenderlas. Permite evaluar cómo responde ante una posición contraria, cómo reacciona frente al cuestionamiento y qué tan preparado está para sostener sus ideas cuando estas son confrontadas.

La democracia se beneficia del intercambio abierto y frecuente de posturas políticas entre quienes aspiran a representar a la ciudadanía. El votante necesita conocer las diferencias que existen entre los candidatos, no solamente en sus propuestas, sino también en su preparación, sus prioridades y sus estilos de liderazgo.

Un debate, por supuesto, no garantiza que elegiremos al mejor candidato. Tampoco elimina la manipulación política ni sustituye la responsabilidad individual de informarnos. Pero sí ofrece una herramienta adicional para comparar, cuestionar y decidir con mayores elementos de juicio.

Recientemente han surgido iniciativas que procuran fomentar el debate, fortalecer la educación cívica y promover el pensamiento crítico mediante discusiones sustentadas en información verificable, datos y evidencias. Considero que este tipo de espacios representa un paso sumamente positivo para nuestra democracia, precisamente porque responde a una realidad que los propios indicadores educativos nos obligan a reconocer.

Necesitamos más espacios de esta naturaleza. Necesitamos debates presidenciales, congresuales y municipales y de toda índole. Necesitamos candidatos acostumbrados a explicar no solamente qué prometen hacer, sino cómo pretenden hacerlo, con cuáles recursos y bajo qué prioridades. Pero también necesitamos ciudadanos acostumbrados a escuchar, contrastar, cuestionar y exigir respuestas.

Porque quizás una de las grandes tareas pendientes de nuestra democracia no sea únicamente ampliar la participación política, sino mejorar la calidad de las decisiones que tomamos dentro de ella.

El sufragio universal garantiza que todos tengamos el mismo derecho a elegir. La educación, la comprensión, el pensamiento crítico y el debate pueden ayudarnos a ejercer ese derecho con mayor conciencia.

Una democracia no se fortalece solamente cuando más personas votan. Se fortalece cuando más personas comprenden por qué y por quién están votando.