Opinión Política

El tablero se movió… y de qué manera

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Por Abril Peña

Hay momentos en política en los que un hecho aislado no explica nada, pero la suma de varios hechos en un corto período de tiempo termina moviendo el tablero completo. Eso parece haber ocurrido tras el no ha lugar dictado a Gonzalo Castillo y José Ramón Peralta, dos figuras emblemáticas del pasado gobierno del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), ambos sometidos luego de la llegada del PRM al poder.

No se trata aquí de afirmar teorías ni de repartir certificados de inocencia o culpabilidad desde la comodidad de una columna de opinión. La justicia tiene sus tiempos, sus estándares y sus tecnicismos. Pero la política tiene otra lógica: la percepción. Y guste o no, las percepciones también gobiernan.

En menos de dos semanas ocurrieron demasiadas cosas como para que pasaran desapercibidas en el imaginario político nacional.

Primero, la embajadora de Estados Unidos habló públicamente sobre casos donde, según explicó, visas fueron retiradas en otras gestiones por presiones políticas. Luego se expresó en contra de la judicialización de la política o lawfare, un término cada vez más utilizado para describir el uso de procesos judiciales con fines políticos, citando incluso el caso del hoy presidente Donald Trump como ejemplo de algo con lo que no estaba de acuerdo. Posteriormente, el propio Gonzalo Castillo confirmó la devolución de su visa estadounidense. Y días después llegaron los no ha lugar. ¿Casualidad? Tal vez. ¿Hay casualidades y casualidades? También.

Y aunque nadie puede afirmar seriamente que exista una relación directa entre una cosa y otra, el problema político no está únicamente en los hechos, sino en el orden en que ocurrieron. Porque en política, el timing pesa y mucho.

Fuesen o no las intenciones de la embajadora referirse específicamente a estos casos, la concatenación de acontecimientos terminó dejando una fotografía políticamente incómoda para el gobierno. Una que inevitablemente alimenta interpretaciones sobre el sistema de justicia, sobre la independencia judicial y sobre el manejo de los grandes casos de corrupción que se convirtieron, durante años, en bandera política.

Y aquí aparece una de las primeras grandes interrogantes institucionales. Si expedientes presentados ante el país como símbolos de lucha anticorrupción terminan cayéndose en esta etapa procesal, algo no cuadra. O el Ministerio Público sobreestimó la fortaleza de sus pruebas, o hubo un exceso de narrativa política alrededor de expedientes jurídicamente más débiles de lo que se proyectó, o sencillamente el sistema judicial terminó enviando una señal distinta a la expectativa pública construida durante años.

Porque no se puede ignorar una realidad: una parte importante de la población fue acostumbrada a oler sangre. Pasó con Odebrecht, pasó con otros expedientes mediáticos y vuelve a ocurrir ahora. Se generan enormes expectativas de consecuencias ejemplares, se instala la idea de castigos inevitables y luego la población termina preguntándose si todo aquello era realmente tan sólido como parecía o si, al final, la justicia dominicana también terminó sirviendo carnaza para la opinión pública.

Y eso es peligroso para cualquier democracia, porque erosiona la confianza institucional. Pero el no ha lugar de Gonzalo Castillo tiene otra arista de la que poco se habla: el triunfo silencioso de toda la clase política.

Porque más allá de simpatías o antipatías, el corazón del expediente toca un tema delicadísimo: el financiamiento de campañas.

Gonzalo era el candidato presidencial del PLD. Y si el precedente judicial terminara siendo que un aspirante puede ser llevado a juicio por recursos de campaña provenientes de sectores que en su momento no estaban judicializados, ni señalados públicamente, ni considerados de riesgo, entonces la pregunta deja de ser sobre Gonzalo y pasa a ser sobre todo el sistema político dominicano.

¿Quién tiene realmente un equipo de investigación capaz de revisar donación por donación, empresa por empresa, accionista por accionista y vínculo por vínculo en campañas donde se mueve una maquinaria gigantesca?

No se trata de decir que todo vale ni de justificar financiamientos oscuros. Tampoco de plantear que un candidato deba vivir de espaldas a cómo se costea una campaña presidencial. Pero seamos honestos: si el estándar se eleva al punto de exigir un nivel absoluto de trazabilidad imposible de garantizar en la práctica política dominicana, pocos podrían dormir tranquilos.

Por eso, aunque algunos celebren y otros se indignen, probablemente hubo dirigentes de todos los partidos —sí, de todos— que respiraron profundo tras esta decisión. Porque un precedente extremadamente severo en materia de financiamiento electoral podría terminar pasando factura a casi cualquiera.

Y mientras tanto, el panorama político también comenzó a moverse.

Porque guste o no guste, negar que el PLD ha mostrado signos de recuperación en opinión pública sería cerrar los ojos a la realidad. No significa necesariamente que eso se traduzca mañana en votos, pero sí parece haber dejado de lucir como un partido resignado.

Gonzalo Castillo, además, tiene un fenómeno político curioso: parece haber nacido como la auyama, con la flor en… ya ustedes saben.

Sin decir mucho. Sin grandes confrontaciones. Sin necesidad de estar todos los días en titulares. Le cae bien a mucha gente.

Y aunque algunos lo descartaban definitivamente del escenario político, es difícil ignorar que su figura parece haber ayudado a detener el desangramiento emocional del PLD y a reactivar conversaciones internas dentro de esa organización. Eso tampoco ocurre en el vacío.

Porque la Fuerza del Pueblo continúa juramentando estructuras, Leonel Fernández mantiene liderazgo político, Omar Fernández conserva altos niveles de simpatía y las demás figuras presidenciales peledeístas no terminan de conectar emocionalmente con grandes sectores del electorado.

En teoría, esa fragmentación opositora beneficia al PRM. Pero al oficialismo no le aconsejaría recostarse demasiado en esa idea.

La política dominicana ha demostrado una y otra vez que lo que hoy parece irreconciliable mañana puede terminar sentado en la misma mesa. Ya pasó con el jacho y el dedo, cuando pocos imaginaban una alianza de esa naturaleza.

Nadie sabe si verdes y morados lograrían subsanar diferencias profundas. Francamente, parece cuasi imposible. Pero como decimos aquí: nadie quita que un día se suelte el loco y lo vuelvan a amarrar.

Mientras tanto, el gobierno enfrenta otra realidad innegable: gobernar en medio de crisis internacionales continuas desgasta. Y ese desgaste golpea el bolsillo, el humor social y, eventualmente, la popularidad del partido de turno.

Por eso, más allá de si alguien celebra o lamenta estos fallos, hay una conclusión difícil de ignorar: el tablero político se removió. ! Y de qué manera.¡