Opinión

No solo murió un líder político

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Po Abril Peña

Cada 10 de mayo, la República Dominicana recuerda la muerte de José Francisco Peña Gómez, pero para mí, no es solo la fecha en que murió un líder político, es la fecha en que murió mi padre

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Y aunque el país conoció al dirigente, al orador, al símbolo de la lucha democrática y a una de las voces políticas más influyentes de América Latina, quienes fuimos sus hijos conocimos también al hombre, al ser humano que cargó heridas profundas, que atravesó obstáculos enormes y que aun así decidió dedicar su vida a servir.

Con el paso de los años he entendido algo importante: las figuras históricas suelen convertirse en discursos, consignas o fotografías, pero detrás de esos símbolos hubo personas reales, personas que sintieron miedo, cansancio, dolor, frustración y esperanza.

Mi padre nació marcado por circunstancias extremadamente difíciles, fue un niño pobre, discriminado muchas veces por el color de su piel, por sus ideas y hasta por su supuesto origen. Creció en un país duro, en una época donde las desigualdades sociales y raciales podían definir el destino de una persona desde antes de empezar la vida

Y, sin embargo, nunca permitió que el resentimiento definiera la suya.

Creo que ahí estuvo una de sus mayores grandezas, pudo responder con odio… y eligió la democracia. Pudo responder con venganza… y eligió el diálogo. Pudo encerrarse en sí mismo… y decidió pensar en un país entero.

Por eso su figura logró trascender las fronteras dominicanas, en una América Latina marcada durante décadas por dictaduras, conflictos ideológicos, persecuciones políticas y profundas desigualdades sociales, Peña Gómez representó una visión distinta del poder: una donde la democracia no debía ser solamente electoral, sino también social y humana.

Desde espacios como la Internacional Socialista, defendió principios que siguen siendo esenciales para nuestras sociedades: el respeto a la voluntad popular, la justicia social, la participación ciudadana y la necesidad de construir instituciones fuertes en países históricamente frágiles.

Y quizás por eso todavía hoy, incluso fuera de República Dominicana, su nombre sigue siendo recordado con respeto en distintos espacios académicos, políticos y sociales de América Latina.

Pero más allá del dirigente internacional, hubo algo todavía más poderoso: la conexión emocional que logró construir con la gente.

28 años después, todavía hay dominicanos que hablan de Peña Gómez con emoción en la voz, algunos lo recuerdan por esperanza, otros por gratitud, otros simplemente porque sintieron que alguien los veía, los entendía y los representaba.

Y eso no ocurre por accidente, la gente puede admirar políticos, puede respetar líderes, pero solo conecta profundamente con quienes percibe auténticos.

Como hija, claro que extraño a mi padre, hay fechas que nunca dejan de doler, conversaciones que uno quisiera repetir, preguntas que quedaron sin hacerse, momentos que el tiempo no devuelve.

Porque cuando una figura pública muere, el país pierde un líder, pero una familia pierde algo mucho más íntimo: una voz, una presencia, un abrazo cotidiano que ya no regresa .

Y aun así, por encima de la tristeza, también siento orgullo … Orgullo de haber sido hija de un hombre que, con todos sus defectos y virtudes, creyó profundamente en la dignidad humana y en la posibilidad de construir un país más justo.

Por eso no quiero pedir que lo recuerden como una figura perfecta, quiero pedir que lo recuerden como un hombre que luchó, que cayó muchas veces Y que aun así nunca dejó de levantarse.

Porque quizás esa fue la enseñanza más grande que dejó su vida: que las circunstancias no tienen por qué decidir quién eres y que incluso en medio del dolor, la exclusión o la adversidad, siempre se puede elegir servir, construir y seguir adelante.

En tiempos donde la democracia atraviesa nuevos desafíos y donde muchas personas sienten desencanto hacia la política, recordar figuras como Peña Gómez no debería ser un ejercicio de nostalgia vacía, sino una invitación a reflexionar sobre el tipo de liderazgo que necesitan nuestras sociedades, uno más humano, más consciente, más comprometido con la gente que con el poder mismo.

Que Dios bendiga su memoria y que la República Dominicana nunca pierda la capacidad de producir hombres y mujeres dispuestos a luchar por ella.