Editorial

¿Dónde está el dinero?

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La pregunta resuena en colmados, salones, paradas y reuniones familiares. En medio de cifras que hablan de estabilidad macroeconómica y crecimiento del PIB, la realidad cotidiana parece ir en dirección contraria. Comerciantes que ya no venden como antes. Empleados que rinden el mismo sueldo para menos. Microempresarios que viven de “pagar la tarjeta con la tarjeta”. Y el denominador común: el dinero no está circulando.

Pero lejos de ser una simple percepción, la escasez de circulante tiene raíces concretas —y una de ellas es la caída de la inversión pública en infraestructura.

Durante años, la inversión pública en obras fue un motor económico clave. Carreteras, escuelas, aceras, hospitales… incluso cuando las ejecutaban contratistas privados, ese dinero se regaba en la economía local. Obreros, suplidores, vendedores informales, transporte, comida, materiales: todos se beneficiaban de ese engranaje, Trujillo, Balaguer y Leonel Fernández no se concentraban n en block y cemento por gusto, o para enriquecer a un grupito (que también) si no porque es parte de la estabilidad económica.

Sin embargo, 2024 y lo que va de 2025 marcan un punto de inflexión.

Diversos informes, como los del CREES y los propios datos del Ministerio de Hacienda, muestran que la ejecución presupuestaria en obras públicas ha sido una de las más bajas en años recientes. En algunos trimestres, el gasto real ha estado por debajo del 50% de lo presupuestado.

Esto ha significado menos empleo indirecto, menos dinero en circulación y, sobre todo, menos dinamismo en provincias donde el Estado suele ser el principal motor económico.

La caída en la inversión pública no actúa sola. Se suma a una serie de factores que han estrangulado el flujo de dinero en la calle:

Política monetaria restrictiva: Las tasas de interés altas entre 2022 y 2023 frenaron en parte la inflación que era lo que se buscaba pero también el crédito y el consumo.

Endeudamiento familiar: Muchas familias están atrapadas entre tarjetas de crédito, préstamos rápidos y refinanciamientos.

Alta informalidad laboral: Más del 50% de los trabajadores dominicanos no cotiza, y cualquier desaceleración los golpea de inmediato.

Gasto público focalizado: La asistencia social está muy concentrada y no llega de forma efectiva a amplios sectores informales.

Concentración del crecimiento: Aunque el PIB crece, la distribución de esa riqueza está más concentrada que nunca. La clase media sigue empobrecida y la baja está endeudada.

Ante la presión, el gobierno ha anunciado que acelerará la ejecución presupuestaria en la segunda mitad del año, incluyendo pagos atrasados a contratistas y nuevos llamados a licitación. También han reforzado programas sociales y se han reducido las tasas de interés del Banco Central.

Pero al parecer el daño está hecho: un año y medio de frenazo ha dejado heridas en la base de la economía popular. El colmado, el mecánico, la señora que plancha o vende comida, el que vive del día a día, no puede esperar a que el dinero “baje” desde arriba y ahora el gobierno siente el final de la muuuy larga luna de miel que había disfrutado y los funcionarios deberían dejar de decir que es la oposición que se queja o que es politiquería porque lo que está a ojos vistas no necesita espejuelos y la gente lo siente como una burla.

El estancamiento del dinero circulante no es solo una percepción, es el resultado de decisiones concretas, decisiones necesarias, pero que se sabía a mediano y largo plazo que traerían consigo este resultado.. Si el Estado no ejecuta lo que presupuesta, si no activa la economía desde abajo, si no garantiza que el crecimiento se traduzca en bienestar palpable, la desigualdad se seguirá profundizando, aunque el PIB marque nuevos récords.

Porque al final, como dicen en la calle:

“El dinero no se come en PowerPoint.”