Por Abril Peña
El 26 de mayo de 1966, el mundo conoció la noticia: las tropas estadounidenses comenzarían a retirarse de suelo dominicano. Era el principio del fin de una intervención que había comenzado con el argumento de “prevenir otro régimen comunista” en el Caribe… pero que para muchos fue simplemente una ocupación.
Un año antes, en abril de 1965, el país ardía en medio de una guerra civil. Una parte de los militares y sectores civiles se alzaron en armas para exigir el retorno del presidente constitucional Juan Bosch, derrocado en 1963. El movimiento constitucionalista, encabezado por el coronel Francisco Alberto Caamaño, fue rápidamente catalogado por Washington como una amenaza “roja”. Y en cuestión de días, más de 42,000 marines estadounidenses desembarcaron en Santo Domingo.
La operación fue disfrazada de “intervención multilateral” con el nombre de Fuerza Interamericana de Paz, pero era evidente quién mandaba. Bajo el paraguas de la Guerra Fría, Estados Unidos impuso el orden a su manera: reprimió a los constitucionalistas, estableció una zona de ocupación y apoyó la instalación de un gobierno provisional.
El anuncio del retiro no vino por generosidad. Fue consecuencia de las elecciones pactadas bajo supervisión internacional, celebradas el 1 de junio de 1966, en las que resultó ganador Joaquín Balaguer, protegido de Washington. Con su ascenso al poder asegurado, Estados Unidos comenzó a desmontar su presencia militar.
Pero el costo fue alto: más de 5,000 muertos, una democracia truncada, un trauma nacional… y el precedente de que cualquier intento popular de cambiar el rumbo podía ser detenido a fuerza de bayonetas extranjeras.
Aquel 26 de mayo se dijo que volvíamos a ser soberanos. Pero, ¿cuánta soberanía puede quedar cuando un país acepta que su destino sea negociado por otros? ¿Qué independencia hay cuando la política local depende del visto bueno de embajadas?
Hoy, a 59 años de ese anuncio, aún vale preguntarse:
¿Quién decide cuándo vienen… y cuándo se van?
¿Quién gobierna… y quién obedece?
Porque en República Dominicana, la historia no siempre la escriben los que disparan. A veces la firman los que callan.
@abrilpenaabreu



