Editorial

530 años después

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@abrilpenaabreu

Hoy, la primera ciudad de América cumple 530 años, aquí, el largo brazo de un imperio levantó, con la sangre y la ingenuidad primero de los taínos, luego de los africanos esclavizados y más tarde con el esfuerzo de los criollos, la primera de casi todo en el continente: la primera ciudad, la primera universidad, el primer hospital, la primera catedral, el primer puerto, la primera escuela. La puerta de entrada a un continente inmenso, desconocido y extraordinariamente rico.

Pero si nuestra historia comenzara hoy, ¿qué encontraría quien llegara por primera vez a esta tierra? Encontraría un país de profundas contradicciones.

Por un lado, una ciudad cosmopolita, capaz de competir con cualquiera de la región; una ciudad donde es posible encontrar cualquier lujo, por extraño que parezca, siempre que se tenga con qué pagarlo. Una ciudad culta, productiva, cada vez más multilingüe, vibrante y diversa. Una ciudad que sigue siendo rica, como lo fue hace cinco siglos. El oro continúa saliendo de sus entrañas, junto a tantas otras riquezas que sostienen nuestra economía.

Pero, al mismo tiempo, encontraría el otro lado del caleidoscopio dominicano: el piso de tierra, la cubeta de agua, la letrina, la casita levantada a puro sacrificio y voluntad. Encontraría familias que siguen luchando por lo básico, pero que no renuncian a sus sueños; un pueblo que, incluso en los días más duros, conserva la capacidad de sonreír, de emprender, de volver a empezar.

Porque sí, 530 años después las miserias humanas siguen presentes. Persisten la desigualdad, las injusticias y las deudas sociales. Pero también siguen vivas la esperanza, la alegría, el ingenio, el trabajo y esa obstinación tan dominicana de levantarse una vez más.

Quizá esa sea nuestra verdadera herencia, no las piedras de la Ciudad Colonial. No Ñ los monumentos. No los récords de haber sido los primeros. Nuestra mayor herencia es un pueblo que ha sobrevivido a la conquista, a la esclavitud, a las invasiones, a las dictaduras, a las crisis económicas y a los desastres naturales, y que siempre ha encontrado la forma de seguir adelante.

Ese mismo pueblo que, años después, con machete en mano, conquistó todas y cada una de las batallas necesarias para ganarse el derecho más importante de todos: llamarse, con orgullo y para siempre, República Dominicana.