ElPregoneroRD- El 28 de abril de 1965, la historia dominicana escribió una de sus páginas más dolorosas. Ese día, tropas de la Marina de los Estados Unidos desembarcaron en Santo Domingo, en una intervención militar que aún hoy divide opiniones, pero que dejó un mensaje imborrable: la soberanía dominicana podía ser ignorada si los intereses estratégicos de las grandes potencias así lo demandaban.
La excusa fue clara: “proteger vidas estadounidenses”. Sin embargo, más allá de la retórica oficial, lo que ocurrió fue una injerencia directa en un conflicto interno donde el pueblo dominicano —agrupado en torno al movimiento constitucionalista— exigía el retorno de Juan Bosch y el restablecimiento de la Constitución de 1963, violentamente derrocada dos años antes por un golpe militar.

La Revolución de Abril no era solo una lucha por un presidente: era un clamor por democracia real, por justicia social, por el derecho a decidir el propio destino sin ser títeres de intereses externos. Para Estados Unidos, en plena Guerra Fría, ese anhelo democrático fue interpretado como una amenaza: el fantasma de “otra Cuba” en el Caribe debía ser aplastado a cualquier costo.
El desembarco de más de 42,000 soldados norteamericanos, en la llamada “Operación Power Pack”, se produjo sin el consentimiento del pueblo dominicano y antes incluso de cualquier mandato de la Organización de Estados Americanos (OEA), que días después se vería forzada a legitimar a posteriori una ocupación ya consumada.

Durante meses, la ciudad de Santo Domingo se convirtió en un campo de batalla. Barrios enteros fueron arrasados, cientos de civiles perdieron la vida, y el fuego cruzado entre constitucionalistas, fuerzas del gobierno de facto y los invasores dejó cicatrices físicas y emocionales que tardarían décadas en sanar.

Se negoció una salida “política”, pero bajo la tutela de los marines. De esa intervención nacería un nuevo orden: la imposición de un gobierno provisional, elecciones bajo presión internacional, y el reforzamiento de estructuras de poder que garantizaran estabilidad a ojos de Washington, aunque fuera a costa de la voluntad popular.
Hoy, en pleno siglo XXI, el tablero geopolítico mundial ha cambiado, pero la lógica de las grandes potencias sigue vigente. Ya no siempre vemos desembarcos militares, pero sí intervenciones económicas, presiones diplomáticas, sanciones selectivas y estrategias de influencia blanda que buscan moldear las decisiones internas de los países más pequeños. La historia del 28 de abril nos recuerda que las formas cambian, pero la lucha por la soberanía permanece.
A sesenta años de aquel desembarco, la pregunta sigue vigente: ¿somos verdaderamente libres si nuestra autodeterminación puede ser interrumpida por la fuerza, por la presión o por la manipulación? La historia del 28 de abril de 1965 nos recuerda que la soberanía no se defiende solo en discursos, sino también en la memoria y en la vigilancia permanente.
Y es también un llamado permanente a no olvidar: porque un pueblo que olvida su historia queda condenado a repetirla bajo nuevas formas, quizás más sutiles, pero igual de devastadoras.



