Denny Agramonte
Hay noches que terminan cuando amanece. Hay otras que permanecen abiertas en la memoria de los pueblos, como una puerta que nadie consigue cerrar. La del 25 de septiembre de 1963 pertenece a esta segunda especie.
Aquella madrugada no fue solamente depuesto Juan Bosch. Fue interrumpida una experiencia democrática que apenas había comenzado a caminar.
Bosch había llegado a la Presidencia el 27 de febrero de 1963 después de las primeras elecciones libres celebradas tras la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Su victoria había sido extraordinaria: el PRD obtuvo aproximadamente el 60 % de los votos. Pero el presidente recibió un país que tenía elecciones y todavía conservaba demasiados hábitos de dictadura.
La democracia había nacido antes que la cultura democrática.
Ese era el problema.
Trujillo había muerto, pero no habían muerto las estructuras, las mentalidades ni los intereses que durante tres décadas habían aprendido a vivir bajo su sombra. Los cuarteles conservaban una autonomía incompatible con la supremacía del poder civil; los grupos económicos contemplaban con recelo cualquier modificación sustancial del orden existente; la sociedad estaba atravesada por la desconfianza y el Caribe entero respiraba el aire envenenado de la Guerra Fría.
Bosch quiso gobernar desde otro principio.
No propuso abolir la propiedad privada ni implantar un régimen comunista. Su Constitución de 1963 reconoció la propiedad, pero estableció su función social y declaró de interés social la eliminación gradual del latifundio. También consagró derechos laborales y atribuyó al Estado responsabilidades más amplias en materia social.
Aquella Constitución no era un manifiesto revolucionario. Era, más bien, el intento de convertir la democracia política en democracia social.
Y precisamente allí comenzó el conflicto.
Porque para ciertos sectores, cualquier reforma que alterara la distribución tradicional del poder parecía una revolución.
La tierra no era solamente tierra. Era influencia, riqueza, prestigio y poder.
Por eso la reforma agraria adquirió una dimensión política que excedía los artículos constitucionales.
La embajada estadounidense comprendía perfectamente la naturaleza explosiva del asunto. En un informe fechado el 22 de septiembre de 1963, tres días antes del golpe, advertía sobre la posibilidad de que Bosch impulsara medidas de redistribución de riqueza, incluida la expropiación de tierras, en un contexto de desempleo elevado, costo de vida creciente y creciente inquietud militar.
Pero la palabra que terminó dominando aquella época fue otra: comunismo.
La Revolución cubana había transformado el mapa psicológico del continente. Para Washington, Cuba no era únicamente una isla: era la posibilidad de que una revolución encontrara imitadores en otros países latinoamericanos. Para las élites dominicanas, el anticomunismo podía convertirse además en una defensa de un orden social amenazado.
Bosch quedó atrapado entre ambos mundos.
No era comunista.
Pero tampoco estaba dispuesto a perseguir indiscriminadamente a los comunistas para tranquilizar a sus adversarios.
Su concepción de la democracia exigía tolerancia política dentro de la legalidad.
En el lenguaje febril de la Guerra Fría, esa prudencia podía convertirse en sospecha.
Así empezó a construirse una paradoja: el hombre que pretendía utilizar la democracia como instrumento de transformación social comenzó a ser presentado como una amenaza para la democracia.
La acusación era poderosa porque simplificaba una realidad compleja.
Bosch tenía adversarios reales. Tenía también errores políticos. No consiguió construir una relación estable con sectores decisivos de las Fuerzas Armadas ni articular una coalición suficientemente amplia alrededor de su proyecto.
Pero ninguna de esas deficiencias convertía un gobierno constitucional en una institución prescindible.
La democracia no consiste en garantizar que gobiernen siempre los mejores.
Consiste en impedir que quienes poseen las armas decidan quién puede gobernar.
El 25 de septiembre esa frontera fue atravesada.
Documentos estadounidenses elaborados posteriormente describieron el golpe como una acción impulsada por políticos anti-Bosch y ejecutada por la alta oficialidad dominicana. Los mismos documentos señalaban que los principales dirigentes militares eran fuertemente anticomunistas y tendían a identificar a reformistas y sectores moderados de izquierda con el comunismo.
La mañana siguiente encontró al país sin presidente constitucional.
El Congreso había quedado fuera de juego.
La Constitución de 1963 había sido desplazada.
Y la República regresaba, casi sin darse cuenta, a la vieja pregunta que parecía haber dejado atrás con la muerte de Trujillo:
¿Quién manda realmente en Santo Domingo?
La respuesta ya no estaba en las urnas.
Estaba en los cuarteles.
Después vino el Triunvirato.
Pero el golpe no resolvió aquello que había pretendido resolver.
La oposición no desapareció.
La crisis no terminó.
La sociedad no recuperó la tranquilidad.
El conflicto fue acumulándose hasta desembocar, menos de dos años después, en la Revolución de Abril de 1965 y en la intervención militar estadounidense.
La historia había cerrado un círculo.
En 1963 se había derrocado a un presidente constitucional invocando, entre otras razones, la necesidad de preservar el orden.
En 1965 el país estaba nuevamente en guerra.
La paradoja era demasiado grande para ignorarla.
El golpe que pretendía impedir una crisis terminó formando parte de la cadena histórica que condujo a una crisis mayor.
La historiografía dominicana conserva diversas interpretaciones sobre las responsabilidades externas e internas de aquel acontecimiento. Obras como Kennedy y Bosch, de Bernardo Vega, reúnen centenares de documentos procedentes de la CIA, la Embajada estadounidense, el Departamento de Estado y la Casa Blanca, incluidos numerosos telegramas intercambiados durante los días inmediatamente anteriores y posteriores al golpe.
Ese material obliga a evitar las explicaciones fáciles.
No basta con decir que todo fue obra de Washington.
Tampoco basta con decir que todo fue una reacción espontánea de los militares dominicanos.
La historia parece menos cómoda: había intereses internos, antagonismos sociales, temor ideológico, conflicto institucional y una poderosa dimensión geopolítica.
Todos esos factores terminaron encontrándose en una misma madrugada.
Por eso el 25 de septiembre de 1963 no debe ser reducido a una fecha partidaria.
Es una fecha constitucional.
Y esa diferencia importa.
Porque Juan Bosch podía equivocarse.
Podía gobernar mal.
Podía perder popularidad.
Podía fracasar en sus reformas.
Podía incluso ser derrotado políticamente.
Lo que no podía ocurrir dentro de una democracia era que su derrota se decidiera mediante las armas.
Para eso existían las elecciones.
Para eso existía el Congreso.
Para eso existían los tribunales.
Para eso existía la Constitución.
El golpe destruyó precisamente esa arquitectura.
Y quizá esa sea la verdadera dimensión de aquella noche.
No cayó solamente un presidente.
Cayó la ilusión de que la República Dominicana había conseguido, después de treinta y un años de dictadura, separar definitivamente el poder político del poder militar.
La República descubrió que una democracia puede tener elecciones y, sin embargo, seguir siendo vulnerable a los hombres que consideran que su voluntad está por encima del sufragio.
Bosch había querido fundar una democracia.
El golpe le recordó al país que todavía debía aprender a defenderla.
Han pasado más de seis décadas.
Pero algunas fechas no envejecen.
El 25 de septiembre continúa interrogándonos porque contiene una pregunta que ninguna generación debería considerar resuelta:
¿Puede existir una democracia verdadera cuando quienes tienen las armas conservan el derecho de decidir cuándo debe terminar un gobierno elegido por el pueblo?
La respuesta de la historia dominicana de 1963 fue terrible.
Y quizá por eso aquella madrugada continúa siendo una de las fechas más importantes de nuestra vida republicana.
Porque aquella noche no solamente cayó Juan Bosch.
Aquella noche cayó, por primera vez, la ilusión de que la democracia dominicana estaba a salvo.



