Pinceladas sobre el Estado: misión social y el modelo dominicano (10)

Por Yari Tapia
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Por: Pedro Corporán


La tragedia humana de la II Guerra Mundial, terminada con la caída de Berlín en 1945, con la victoria de la Coalición Internacional Antifascista que delineó el orden geopolítico mundial y dividió la nación alemana en Oriental y Occidental, fortaleció el poder supremo del Estado del Bienestar y su misión social siguió ampliando el espectro de los derechos fundamentales del hombre.

En los Estados Unidos, controlada la crisis del 29, la economía siguió creciendo a aceleradamente durante la guerra, impulsada especialmente por la industria armamentista y el crecimiento mundial de la demanda del mercado internacional de multiplicidad de productos agrícolas e industriales de preferencia bélica y privilegiado por no haber sufrido ningún tipo de destrucción de su infraestructura productiva y general, aunque instituyó el orden mundial bipolar liderado por la superpotencia norteamericana en el capitalismo y la Unión Soviética que había sido fundada en 1922, en el mundo socialista.

Como parto doloroso, en 1944 nacieron en los Estados Unidos los derechos de segunda generación, cuando el presidente Franklyn Delano Roosevelt propuso una segunda Bil of Rights (Carta de Derechos) que reconocía los derechos económicos, sociales y culturales en la búsqueda de una sociedad económica y socialmente más justa, con políticas públicas destinadas a proteger a los sectores más vulnerables de la sociedad. De esta forma la misión del estado se convirtió en doctrina humanista. 

Constituye un dato histórico que arroja luces al tema, el hecho de que México incluyó estos derechos en su texto constitucional desde el año 1917, hito histórico considerado el primero en el mundo.

Para captar la trascendencia de la aprobación de los derechos de segunda generación y su relación de inter dependencia con los derechos de primera generación (políticos y civiles), recurramos a los juicios del profesor Jeremy Waldron de la Universidad de Nueva York: “…si de verdad existe la preocupación por garantizar las libertades políticas y civiles de las personas, ese compromiso debe acompañarse de la preocupación sobre las condiciones de vida de las personas que hacen posible el disfrute y ejercicio de la libertad. ¿Por qué razón merecería la pena luchar por la libertad de las personas (es decir, su libertad para elegir entre A y B) si fuese abandonado a una situación en la que la elección entre A y B no significara nada para él, o en la que la elección entre una y la otra no tuviese la menor consecuencia en su vida?” 

En ese marco histórico, el Estado del Bienestar, interventor, regulador y mecenas del principio del bien común, fortificó su base institucional y se expandió por todo el mundo occidental capitalista, con especial acentuación en el viejo continente, apoyado por el gigantesco Plan de Recuperación de Europa, más famoso por el nombre de Plan Marshall, aprobado en 1947, autoría del entonces Secretario de Estado norteamericano, el general George C. Marshall, con un fondo de 12 mil millones de dólares de la época, aplicado por los Estados Unidos de América para la reconstrucción europea. 

La estrella del Estado del Bienestar seguía subiendo como la de David, como árbitro del equilibrio económico y dique de contención del desborde de la desigualdad clasista en el modo de producción capitalista. 

 

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