Por Ramón A. Rodríguez Veras
General ®️ de la Policía Nacional, graduado en Seguridad Pública y Alto Mando policial en la Academia de Ciencias Policiales de Carabineros de Chile, Ciencias Políticas y Gestión Pública en el Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y es Licenciado en Administración de Empresas
Por años se ha intentado reducir la tensión entre Israel e Irán a un duelo bilateral. Sin embargo, los acontecimientos más recientes confirman algo más profundo, lo que está en juego no es solo territorio, sino arquitectura de poder. No es simplemente Israel vs. Irán, es un modelo de orden regional respaldado por Occidente frente a un orden alternativo basado en redes, milicias y autonomía estratégica frente a Estados Unidos. Lo ocurrido en los últimos meses no inaugura una guerra mundial, pero sí consolida una nueva fase de tensión estructural en Medio Oriente, con implicaciones económicas y geopolíticas globales.
El conflicto entre Israel e Irán tiene raíces en 1979, tras la Revolución Islámica iraní. Desde entonces Irán adoptó una postura de confrontación frente a Israel y EE.UU.; Israel percibió el programa nuclear iraní como amenaza existencial; la rivalidad se trasladó a escenarios indirectos, Líbano (Hezbollah), Siria, Irak y Yemen. Durante años, la confrontación fue híbrida, ataques selectivos, sabotajes, guerra cibernética y apoyo a milicias aliadas. Sin embargo, los Acuerdos de Abraham (2020) alteraron el equilibrio regional. La normalización entre Israel y países del Golfo debilitó el aislamiento israelí y configuró una arquitectura de seguridad más integrada con EE.UU. Para Irán, esto representó un cerco estratégico y la reciente escalada debe entenderse como una respuesta a ese rediseño regional.
En la fase actual del conflicto, el centro de gravedad no es la ocupación territorial sino la credibilidad estratégica. EE.UU. necesita demostrar que sus bases en la región no son vulnerables, Israel busca mantener superioridad tecnológica y militar, Irán intenta mostrar que puede afectar nodos críticos sin provocar guerra total y los países del Golfo buscan autonomía sin romper con Washington.
Irán ha practicado lo que en teoría de relaciones internacionales se denomina soft balancing, aumentar costos, expandir incertidumbre y erosionar credibilidad sin declarar guerra formal. La probabilidad de una guerra total directa sigue siendo moderada-baja (25–35%), porque el costo sería inmenso para todos los actores. Sin embargo, la probabilidad de ataques indirectos, sabotajes y presión energética es alta (60–70%). La región entra en una etapa de tensión crónica, no necesariamente de guerra abierta.
Medio Oriente importa por tres razones fundamentales: producción energética (petróleo y gas), rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz y arquitectura de seguridad que sostiene la estabilidad del sistema financiero global. Cualquier escalada que afecte el flujo energético puede provocar aumento del precio del petróleo; incremento de inflación global; volatilidad en mercados financieros; revaluación del dólar como activo refugio. Si el conflicto escala hacia ataques a infraestructura energética o bloqueo parcial de rutas marítimas, el impacto sería inmediato en precios del crudo y costos logísticos.
República Dominicana no participa militarmente en el conflicto, pero sí es vulnerable económicamente. El país importa la totalidad de los combustibles fósiles que consume y un aumento sostenido del petróleo implicaría mayor subsidio eléctrico, presión sobre el déficit fiscal, aumento de costos de transporte y alimentos. El turismo representa uno de los pilares económicos dominicanos, los efectos podrían darse por un aumento en costos de vuelos (combustible), reducción de viajes desde economías afectadas por inflación, volatilidad cambiaria en Europa o EE.UU., y aunque el Caribe suele beneficiarse como destino seguro frente a zonas en conflicto, la variable energética puede afectar la competitividad.
RD exporta principalmente a EE.UU. y Europa. Si el conflicto genera desaceleración económica en esos mercados, esto se reflejaría en una menor demanda externa, ajustes en zonas francas, impacto en remesas si economías desarrolladas se desaceleran. Además, en escenarios de tensión global, el dólar tiende a fortalecerse y los países emergentes enfrentan presión cambiaria; se encarece el financiamiento internacional y RD tendría que manejar cuidadosamente las reservas internacionales y la política monetaria.
Probabilidad de escenarios: Escenario 1, Tensión controlada (más probable), ataques indirectos, volatilidad energética intermitente, sin guerra directa Israel-Irán. Escenario 2, Escalada regional limitada, participación activa de milicias, afectación puntual a infraestructura energética, aumento significativo del petróleo. Escenario 3, Guerra directa (baja probabilidad), impacto global severo, crisis energética internacional.
Desde una perspectiva estratégica, RD debe actuar en cinco frentes: 1. Diversificación energética, acelerar transición hacia renovables, reducir dependencia de combustibles importados, fortalecer almacenamiento estratégico; 2. Blindaje fiscal, preparar colchones ante aumento de subsidios, mantener disciplina en deuda pública; 3. Inteligencia económica preventiva, monitoreo constante de precios energéticos, evaluación de impacto sobre turismo y exportaciones; 4. Diplomacia pragmática, mantener neutralidad activa, fortalecer vínculos multilaterales, evitar alineamientos innecesarios en conflictos extra regionales y 5. Aprovechar oportunidades, posicionarse como destino seguro, incentivar nearshoring si empresas buscan estabilidad fuera de regiones en conflicto.
El conflicto actual no es simplemente una disputa militar. Es una pugna por el modelo de orden regional que prevalecerá en Medio Oriente y, por extensión, en el sistema internacional. La batalla no es por kilómetros, sino por percepción de poder y credibilidad. Para República Dominicana, el desafío no es geopolítico sino económico y estratégico. En un mundo donde las tensiones estructurales se vuelven permanentes, los países pequeños no pueden controlar los conflictos, pero sí pueden fortalecer su resiliencia.
La verdadera pregunta no es si habrá más ataques, los habrá. La pregunta es: ¿estamos preparados para un mundo donde la estabilidad ya no es la norma, sino la excepción?



