La sirena del júbilo efímero

Por redacciones

Pedro Corporán

La sirena gritó con garganta de tenor y de inmediato estalló el júbilo. Penetrante como voz de Dios hablando a la conciencia del hombre. Su grito súbito atravesó como rayo de luz el oído de toda la comunidad. Todos se abrazaban, saltaban y vociferaban como un torbellino de sentimientos desbordados de alegría.

Las emociones derribaban todos los diques clasistas en mil y un grados, las voces rompían la velocidad del sonido sin respeto por el tiempo, el calor y el sudor ya no agobiaban a nadie.

Las penas caían en el sepulcro efimero sin exequias fúnebres, el desborde de alegría hacía sentir que las estaban sepultado para siempre.

-¡Qué viva el Río Haina! ¡Qué viva el romo y los cueros! ¡Ahora es que se va a beber! -gritaban sin armonía desde los cabareses, chocando vasos y botellas.

El merengue y la bachata de amargue, bailados por el humo negro de la gigantezca chiminea del ingenio, fundado el 1ro. de enero de 1951 por el dictador dominicano, Rafael Trujillo, copaban el tinglado musical del cielo. A lo lejos, como en el exilio, se escuchaban los tambores del gagá haitiano.

Las casas, los negocios, las calles, los patios, las escuelas, los bares hervían de gozo. Los carros, las camionetas, las motonetas, motores, triciclos y bicicletas, tocando sin respiro sus bocinas y exclamando sus alegrías.

El ruido tembloroso de los llamados Catarey, como monstruos rodantes «made in USA», ilegales de la invasión militar yanqui del 65, ensordecían a los transeúntes nublados de polvo, con sus bocinas incesantes y sus máquinas dragónicas. Las locomotoras chillaban los hierros y aullaban como lobos hambrientos.

En todas las casas se brindaba con cualquier líquido, deacuerdo al sello social, ron brugal, bermudez o barceló; ginebra, vino, sangría, wiskie, cerveza, o bien los caceros haitianos cleren o triculí y hasta con agua. Ahora sacarían de las casas de empeño todos los ajuares, prendas y vestimentas empeñadas en tiempo muerto y el comercio local cambiaba su semblante dibujando una sonrisa, incluyendo el de mi padre, un humilde taller de muebles que volvía a la vida desde la moribundez.

La mayoría tenían 6 meses tomando hiel y ahora beberian miel, un círculo vicioso existencial, gracias a la caña de azúcar que trajeron los españoles, para endulzar la vida europea, a latigazos y amargura de indios y negros.

-¡Viva Dios, comenzó la zafra del ingenio Río Haina! -vociferaban extásicos.
Era el año 1971.

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