Por: Jorge Lendeborg
La República Dominicana se encuentra en la trayectoria de un huracán económico sin precedentes. No proviene del Atlántico, sino desde Washington. La propuesta de Donald Trump de imponer aranceles universales a todas las importaciones hacia Estados Unidos, de concretarse, podría provocar una desaceleración económica profunda y prolongada para nuestro país.
Detrás de esta medida hay una lógica proteccionista clara: obligar a las empresas estadounidenses a producir dentro de su propio territorio. Sin embargo, esta estrategia, diseñada para impactar a potencias como China, podría golpear de lleno a países más pequeños, abiertos y dependientes del comercio con EE.UU., como es el caso dominicano.
Estados Unidos no es simplemente un socio comercial.
Es nuestro principal destino de exportación, proveedor clave de bienes esenciales, fuente dominante de remesas y origen de más del 40% del turismo que recibimos. Exportamos a ese país productos como textiles, cigarros, dispositivos médicos, frutas, cacao y componentes electrónicos. A su vez, importamos maquinarias, vehículos, combustibles, cereales y productos de consumo masivo. Más de diez mil millones de dólares en remesas ingresan cada año desde la diáspora dominicana, y gracias al acuerdo CAFTA-DR, nuestras exportaciones entran libre de aranceles al mercado estadounidense.
Este ecosistema económico, construido sobre décadas de integración comercial, podría colapsar parcialmente si se impone un nuevo régimen arancelario.
Una tormenta económica en cuatro frentes
1. Exportaciones en crisis
La aplicación de tarifas, aunque sea de forma generalizada, reduciría drásticamente la competitividad de los productos dominicanos frente a proveedores asiáticos fabricantes estadounidenses subvencionados.
Sectores como el textil, los dispositivos médicos y la electrónica, pilares de nuestras zonas francas, verían cancelación de pedidos, cierre de líneas de producción y pérdida masiva de empleos. Menos exportaciones implican menos divisas, más presión sobre el tipo de cambio y un golpe directo a la balanza comercial.
2. Turismo en picada
Si la economía estadounidense se ve afectada por inflación o recesión, el primer gasto que recortará su clase media será el de las vacaciones. Y eso nos afectará directamente. El turista estadounidense representa más del 40% de las llegadas internacionales y es el que más gasta por día. Una caída en las reservas hacia Punta Cana, La Romana o Cap Cana se traducirá en menor ocupación hotelera, estadías más cortas, y menos consumo en tours, restaurantes y actividades recreativas. Detrás de cada turista hay una cadena de trabajadores informales que dependen de ese flujo: camareros, taxistas, guías, animadores, limpiadores, vendedores ambulantes. El impacto será doble: al bolsillo del pueblo y a la recaudación fiscal.
3. Remesas bajo amenaza
Más de dos millones de dominicanos residen en Estados Unidos, muchos de ellos empleados en sectores sensibles como construcción, restaurantes, bodegas y transporte. Si esas industrias se ven golpeadas por el nuevo modelo económico norteamericano, caerán los ingresos y, por ende, el dinero enviado a sus familiares en la isla. Menos remesas significan menos consumo, menos inversión familiar, menos remodelaciones, menos niños en la escuela, y una mayor presión sobre la moneda nacional. Las remesas no son solo ayuda familiar; son estabilidad macroeconómica encubierta.
4. Zonas francas en alerta roja
Actualmente, más de 180,000 dominicanos trabajan en zonas francas que dependen casi exclusivamente del acceso preferencial al mercado estadounidense. Si se rompe el CAFTA-DR o si se imponen aranceles a nuestros productos, muchas de estas industrias dejarán de ser rentables. Se cerrarán plantas en Santiago, La Vega, San Cristóbal y otras provincias. Las suspensiones y despidos golpearán a la clase media trabajadora, que ya enfrenta el peso de una inflación persistente.
Donald Trump ha demostrado un historial de desprecio hacia los acuerdos comerciales multilaterales. Ya se retiró del TPP y ha amenazado en múltiples ocasiones con deshacer el USMCA (antiguo NAFTA). Si en su nuevo mandato decide salir o suspender el CAFTA-DR, la República Dominicana perdería su mayor ventaja competitiva frente a otros países exportadores.
Nos veríamos obligados a renegociar desde una posición débil y en un contexto global mucho más agresivo. Entraríamos en un proceso de desindustrialización lenta pero constante, en medio de un mundo que vuelve a cerrar fronteras y prioriza la autosuficiencia nacional.
El huracán arancelario que propone Trump no traerá lluvias ni vientos, pero sí inflación, desempleo, pérdida de reservas en dólares y debilitamiento estructural. No es una amenaza lejana ni exagerada. Es una advertencia real, tangible y urgente.
La combinación de caída en exportaciones, turismo, remesas y zonas francas generaría una menor entrada de divisas, lo que presionaría al alza el valor del dólar y provocaría una devaluación acelerada del peso dominicano.



