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Guerra en Irán, factura petrolera se dispara en RD: ¿Hasta cuándo seguiremos en esto?

Elvin Castillo
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Por Elvin Castillo


El mundo observa con estupor cómo el conflicto bélico directo entre Israel, Estados Unidos e Irán ha dejado de ser una tensión regional para convertirse en una amenaza sistémica global. Las guerras, más allá de los análisis geopolíticos, tienen un rostro humano devastador que se traduce en la pérdida de vidas inocentes y la destrucción de infraestructuras, pero para naciones como la República Dominicana, la guerra se manifiesta de forma implacable a través de la economía. El bloqueo parcial del Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, ha disparado el barril de crudo por encima de los 100 dólares, desatando un efecto dominó que encarece los fertilizantes y los fletes internacionales. Este choque externo eleva el costo de todos los bienes y servicios, convirtiendo a cada ciudadano dominicano en una víctima colateral de un conflicto que no eligió.

En este escenario de incertidumbre, el discurso oficial del Gobierno dominicano intenta proyectar una imagen de control, asegurando que existen recursos suficientes para amortiguar los golpes. No obstante, la realidad en las estaciones de combustible cuenta una historia muy distinta: en tan solo dos semanas consecutivas de marzo, hemos enfrentado un alza acumulada de 15 pesos en los combustibles. Lo más preocupante no es solo el incremento actual, sino la incertidumbre de no saber cuántos pesos más subirán en las próximas semanas. Esta rapidez en el traspaso de costos al consumidor sugiere que el fondo de estabilización, a pesar de las inyecciones millonarias anunciadas por el Ministerio de Industria y Comercio, es insuficiente para contener una presión inflacionaria que ya asfixia el presupuesto familiar.

Lo que resulta verdaderamente inaceptable para la población es la falta de reciprocidad y la especulación sistémica que impera en el país. Es imposible olvidar el compromiso de 2022, cuando se prometió que si el barril caía por debajo de los 85 dólares, el alivio llegaría a las bombas. Sin embargo, durante casi tres años el petróleo osciló en niveles mínimos y el consumidor nunca percibió esa reducción. En República Dominicana, el abuso es una constante en los sectores público y privado: enfrentamos una cultura económica perversa donde lo que sube jamás vuelve a bajar. Mientras los precios de los productos básicos se ajustan al alza en tiempo real siguiendo el precio del petróleo, cuando este desciende, los precios se quedan congelados en la cima por pura especulación, castigando siempre al mismo eslabón de la cadena.

Esta fragilidad expone una falta de planificación estratégica criminal. Si conocemos nuestra vulnerabilidad como importadores, ¿por qué no se priorizó la construcción de una Red de Tanques de Almacenamiento de Crudo y Refinados (Terminales de Almacenamiento y Despacho – TAD) para comprar a futuro cuando el precio es bajo? Con los recursos que históricamente se han malgastado o se han perdido en los drenajes de la corrupción, el país pudo haber expandido su capacidad de inventario estratégico en la Refinería y ser un referente regional. En lugar de invertir en soberanía energética y una transición real a fuentes renovables, seguimos sometiendo a los más vulnerables a choques externos mientras los salarios reales siguen siendo devorados por la inflación acumulada y la actual, perdiendo poder adquisitivo a un ritmo alarmante.

En conclusión, la actual coyuntura bélica mundial pone a prueba la coherencia de nuestras autoridades por encima de su retórica. No se puede exigir paciencia a un pueblo al que se le incumplieron las promesas de alivio y que hoy ve cómo sus ingresos se vuelven sal y agua. El impacto de estos 15 pesos de aumento es solo la punta del iceberg de un sistema diseñado para que el ciudadano cargue con todo el peso de las crisis. El Gobierno debe pasar de los anuncios de suficiencia a los hechos de transparencia y visión a largo plazo, demostrando que tiene la voluntad de frenar el abuso y la especulación antes de que la paz social se vea comprometida por una factura petrolera que nadie sabe dónde se detendrá.