Estado, ludopatía y consecuencias

Por Yari Tapia
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Por Onofre Salvador


La ludopatía es en términos psicológicos, el deseo irrefrenable por el juego. Se expresa a través del impulso hacia los denominados de azar o cualquier modalidad donde se apueste dinero sin medir consecuencias, las que resultan nocivas en proporciones elevadisimas.

Todo individuo que asuma esto en su estilo de vida, es un potencial o seguro candidato a la ruina, arrastrando de paso a su familia, si es que la tiene. Ir detrás de un ticket de lotería u otras modalidades de los juegos de la suerte, se ha convertido en una especie de hábito que da miedo.

Lamentablemente, jugar de esta manera aparece en la agenda de miles y miles de dominicanos, como algo básico, tanto así que pone en peligro todas las necesidades del hogar, entre ellas la de llevar el pan a la mesa, algo criminal, si se le pretende buscar algun tipo de definición.

Yéndonos un poco más profundo, para no cargar demasiado a una población incauta, tendríamos que apuntar hacia las desacertadas políticas estatatales, mismas que alimentan sin control la proliferación de las franquicias de juegos o apuestas, viéndolo desde el ámbito de llevar unos pesos al fisco, sin medir en lo mínimo el daño a la sociedad.

Ayer, precisamente en la ruta de mi lugar de residencia, hasta un comercio cercano, ubicado a no más de cinco kilómetros, me dediqué a contar de forma exclusiva las bancas de lotería, con un resultado escalofriante de 26 con el mismo nombre y cerca de 40 con las demás, muchas colocadas a pocos metros.

Mientras se incentive esta desgracia nacional, para no irnos más lejos, no cesará  el arreglo de sueños, expresión infeliz de aquellos que  buscan hasta debajo de las piedras, con tal de suplir el deseo incontrolable de jugar, peor aún, haciéndolo a diario, aspecto que exprime sin misericordia la desastrosa economía de los que menos tienen.

¿Hacia dónde vamos por ese camino?
La respuesta clara, precisa, es al despeñadero. No hay pueblo que progrese mientras imperen semejantes aberraciones, sobre todo porque se atenta contra la salud, la educación y las demás áreas hacia las que deben volcar los recursos, la propia familia y el Estado como impulsor de sanas y progresistas políticas públicas.

De esto seguir sin mayores niveles de regulación, continuaremos viendo a profesionales de todas las ramas tropezando en las calles sin nada que hacer, pero más que eso, a una nación sin rumbo, donde zozobran las promesas y languidece el grueso de la gente con escasas alternativas.

Para que la gente juegue, necesariamente debe existir donde hacerlo. No estamos apostando a la eliminación, eso resulta imposible, una utopía, sin  embargo, se podría ser más estricto en la regulación, evitando el marcado abuso de tantos lugares para estos insaciables juegos.

El panorama es triste, poco halagador. El pobre sueña con riqueza, el rico, creativo y sagaz, le tira el anzuelo para sacarle hasta el último centavo. Así, lamentablemente, no hay país que avance por más paraíso que se le pinte.

La ludopatía es un trastorno patológico, pero quienes la incentivan le hacen un flaco servicio a la sociedad. Empecemos por ahí, sería un gran aporte en los programas y ejecuciones de los gobiernos, se casarían con la gloria, con esto y otras cosas no menos importantes.


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