Por Lucy Esther Díaz
Hoy llega el primer contingente de la Gang Suppression Force. Es primero de abril. No es broma. Tampoco es novedad.
Hoy es April Fools’ Day. El día internacional de las bromas en el mundo anglosajón y en Italia también. Qué fecha más apropiada para que aterricen en Puerto Príncipe los primeros efectivos chadianos de la Gang Suppression Force. Setecientos cincuenta policías y gendarmes del Chad —un país que en este momento gestiona sus propios conflictos fronterizos por el derrame de la guerra en Sudán— llegan envueltos en la indefinición característica de toda misión que nadie termina de explicar con claridad.
¿Quién manda? Un Standing Group of Partners que no ha desplegado sus propias tropas. ¿Con qué mandato? Uno lo suficientemente vago para no comprometer a nadie. ¿Con qué financiamiento real? Contribuciones voluntarias que, como siempre, se evaporan cuando el tema deja de ser noticia.
Mientras tanto, hace muy pocos días las bandas descendieron sobre el Artibonite. Al menos setenta muertos. Casas incendiadas. Miles de desplazados. La ONU expresó alarma. El mundo siguió mirando hacia otro lado, esta vez hacia Irán.
No es la primera vez. Es casi una liturgia. La MINUSTAH duró trece años y dejó como herencia el cólera que mató a más de diez mil haitianos, violaciones documentadas por la propia ONU y ninguno de sus objetivos cumplidos. Después la MINUJUSTH. Después el BINUH. Después la MSS liderada por Kenia, que se retiró hace semanas habiendo perdido efectivos, vehículos blindados incendiados y la batalla territorial que importaba. Ahora la GSF. Otro acrónimo. Otra promesa. Otro uniforme diferente sobre el mismo fracaso.
El intelectual haitiano Camille Chalmers lleva años señalando lo que los informes de la ONU evitan decir: Haití no es un Estado fallido. Es un Estado exitosamente explotado. Un caos administrado donde las élites locales y los intereses externos se benefician precisamente del desorden. Las armas que usan las pandillas —más del 80% provienen de ferias de armas en Florida, embarcadas en contenedores de donaciones— no llegan solas. ¿Y las municiones? Alguien las vende. Alguien mira hacia otro lado. Y ese mismo Haití que solo encuentra unidad cuando tiene que enfilar sus cañones hacia el este —hacia nosotros— recibe hoy su nueva intervención con el mismo entusiasmo performativo de siempre.
MINUSTAH, MINUJUSTH, BINUH, MSS, GSF. Pero antes de ellas MICIVIH, UNMIH, UNSMIH, UNTMIH, MIPONUH, MICAH, FMP… Las siglas cambian. El problema no. El primero de abril, en el país más intervenido del hemisferio, los muertos y los acrónimos ya son casi lo mismo.
A propósito, en la prensa de diferentes países africanos (o de Haití) no aparece ninguna declaración de la llegada de los soldados de Chad a Haití para dar inicio a la GSF, simplemente aparece en todo su esplendor el nombre de Roberto Álvarez y de la República Dominicana, involucrada e inmiscuída en operaciones logísticas para esta nueva misión, que al parecer, como en 2004, busca reconstruir una virginidad institucional a la irrelevante ONU. Para el interés nacional, desde nuestro muy humilde punto de vista, es una verdadera puñalada.



