¿Aprendemos o repetimos?

Por Yari Tapia
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Por Néstor Estévez.


Los cambios siguen ocurriendo tan rápido que cada vez se hace mucho más difícil mantener el equilibrio.

Con la avalancha de mensajes que caracteriza la actualidad, con la imposibilidad de gestionarlos adecuadamente y con tantas herramientas para desviarnos de lo esencial, resulta más que urgente recuperar el equilibrio y esclarecer la senda para poder avanzar.

Casi dos años han transcurrido con un entorno enrarecido por la pandemia y complejizado por quienes demuestran que no han podido aprender. Aun cuando se ha explicado hasta la saciedad que esta crisis, como el común de ellas, ha de incluir las etapas de miedo, aprendizaje y crecimiento, sigue siendo muy común encontrar a quien se muestra convencido de que su meta ha de ser salvarse, aunque ello implique “comerse” a los demás.

Da la impresión de que olvidamos que si bien es cierto que la pandemia representa una fuerte crisis, que se manifiesta en diversos ámbitos, no menos cierto es que su llegada encontró un contexto de una crisis todavía mayor, caracterizada por las apetencias desmedidas y todo un amplio abanico de expresiones vergonzosas de fuerte degradación humana.

Estamos viviendo una etapa en donde la sobreinformación se encarga de aniquilar las posibilidades de gestionar de manera adecuada los sentimientos, emociones y acciones que se generan a partir de cada mensaje. Con tanto contenido nocivo, disfrazado de información, solemos ser engañados o desviados de lo esencial.

Entre tanta podredumbre resalta (por su estridencia) la venta de falsas promesas de éxito al vapor. Es como si la solución de todos los males se confiara a la posibilidad de obtener el billete completo con el premio mayor.

Desde alegados casos de alguien que, como la afamada “viralidad” de algunos mensajes, logró alguna “chepa” hasta la ilusión de llegar a algún lugar en donde el “dinero se recoge en las calles”, encontramos la difusión de casos como el de aquel niño de doce años que aprovechó su tiempo de vacaciones para diseñar “emojis” en su computadora y los terminó vendiendo en casi medio millón de dólares.

¿Cuántos pequeños como él tiene posibilidades reales para lograr mejoría de vida para ellos y sus familias con oportunidades similares? Sencillamente se trata de formas para distraer a quienes eventualmente podrían dedicarse a asumir procesos que impliquen real desarrollo, a quienes intentan avanzar paso a paso hasta encontrar y aprovechar reales oportunidades que conecten con temas que nos mantengan humanos.

Quizás nos ayude a detenernos y pensar, a identificar una senda que nos conduzca hacia un cambio para mejor, aquella advertencia de un prominente médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, que además fue figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis, Carl Gustav Jung. Él plantea: “Quienes no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el daño de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma”.

Quizás nos ayude una herramienta que tiene su inicio en el sector privado, pero con gran éxito en trabajos para desarrollo territorial. Se trata del aporte del teórico organizacional, innovador y educador estadounidense Henry William Chesbrough, conocido por acuñar el término innovación abierta, también llamado Modelo de la Cuádruple Hélice.

Chesbrough propone reales avances y mejoras mediante la integración del sector político (conductor de las sociedades), la academia (como espacio que garantice no copiar sino adaptar, aplicar, revisar y mejorar), el empresariado (ente que motoriza la economía), y el pueblo llano (representado por las organizaciones que hacen vida en un territorio).

Lo que hemos estado viviendo, en estos tiempos de cambios tan acelerados y profundos, debe servirnos para preguntarnos y respondernos si realmente somos “homo sapiens”.

 Lo que hemos estado viviendo debe servirnos para haber aprendido que hay gran sentido de oportunidad cuando se descubre que la competencia debe ser contigo, para ser mejor que ayer, y que con el otro se colabora, como vía para ejercitar la convivencia.

 Lo que hemos estado viviendo es una especie de “examen” que puede superarse exitosamente si aplicamos el valor compartido. Estamos a punto de saber si hemos aprendido lo suficiente o si estamos condenados a repetir.


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