Denny Agramonte
Hay una paradoja de nuestro tiempo que acaso nuestros descendientes juzgarán con la misma perplejidad con que nosotros contemplamos ciertas supersticiones de la antigüedad: nunca el hombre había poseído tantos datos y, sin embargo, pocas veces había estado tan expuesto a la ignorancia.
Michel Desmurget, neurocientífico francés y autor de La fábrica de cretinos digitales, escogió para su libro un título deliberadamente incómodo. No pretendía, según explica, insultar a una generación, sino sacudir una conciencia adormecida. Su tesis es menos anecdótica de lo que el título pudiera sugerir: el uso desmesurado de las pantallas puede erosionar algunas de las facultades sobre las cuales se edifica la inteligencia —el lenguaje, la concentración, la memoria y la cultura—.
Pero quizá haya una consecuencia todavía más sutil de esta civilización de las pantallas: hemos comenzado a confundir la información con el conocimiento.
Y esa confusión, que parece semántica, es en realidad una de las grandes tragedias intelectuales de nuestro siglo.
La biblioteca infinita
Imaginemos una biblioteca sin muros.
Sus anaqueles no terminan jamás. Cada libro contiene otros libros; cada página conduce a otra página; cada palabra abre una puerta y detrás de esa puerta hay otra puerta. En algún lugar remoto de esa biblioteca están Homero y Platón, Aristóteles y Dante, Cervantes y Shakespeare, Einstein y Darwin. Pero también están el rumor, la mentira, la superstición, la propaganda, la banalidad, el prejuicio y el error.
Esa biblioteca existe.
La llamamos Internet.
El problema es que una biblioteca infinita no produce necesariamente lectores sabios.
Puede producir, por el contrario, hombres que han leído millones de fragmentos y no comprenden ninguno; hombres capaces de responder instantáneamente qué ocurrió hace tres siglos, pero incapaces de explicar por qué ocurrió; hombres que conocen miles de opiniones y carecen de una sola convicción razonada.
La pantalla nos ha concedido una prodigiosa extensión de la memoria exterior, pero no necesariamente una ampliación de la inteligencia interior.
Y aquí comienza el equívoco.
Información no es conocimiento
La información es aquello que recibimos.
El conocimiento es aquello que comprendemos, relacionamos, verificamos, ordenamos y hacemos nuestro.
La diferencia parece pequeña. Es abismal.
Un hombre puede saber que la Revolución francesa comenzó en 1789. Eso es información.
Comprender las tensiones sociales, económicas, filosóficas y políticas que hicieron posible aquel acontecimiento es conocimiento.
Saber que Aristóteles escribió sobre la virtud es información.
Comprender qué significa para él vivir bien, distinguir entre virtud intelectual y virtud moral, entender el papel del hábito y advertir la relación entre carácter y acción es conocimiento.
Saber que Sócrates fue condenado a muerte es información.
Comprender por qué una sociedad puede llegar a condenar a un hombre precisamente por interrogarla acerca de la justicia es conocimiento.
La información puede almacenarse.
El conocimiento debe estructurarse.
La información puede descargarse.
El conocimiento exige asimilación.
La información puede circular a la velocidad de la luz.
El conocimiento necesita tiempo.
Tal vez ahí resida una de las ironías de nuestra época: hemos inventado máquinas capaces de entregarnos respuestas en menos de un segundo y hemos olvidado que formar una inteligencia puede requerir toda una vida.
El hombre que lo sabe todo y no comprende nada
El cretino digital no es necesariamente el ignorante.
Esta distinción es fundamental.
El ignorante sabe poco.
El cretino digital puede saber muchísimo.
Puede conocer los nombres de cien filósofos, las capitales de todos los países, las últimas guerras, las cotizaciones de las monedas, las estadísticas deportivas, los escándalos políticos y las teorías conspirativas de moda.
Puede incluso discutir durante horas.
Pero hay una pregunta que desnuda la diferencia entre información y conocimiento:
¿Qué significa todo eso?
Ahí comienza el silencio.
Porque acumular datos no equivale a pensar.
Un buscador puede encontrar una respuesta.
Una inteligencia debe determinar si esa respuesta merece ser creída.
Un algoritmo puede reunir diez mil documentos.
Un hombre culto debe saber cuáles diez merecen ser leídos.
Una pantalla puede mostrar simultáneamente cien opiniones.
Una mente disciplinada debe distinguir entre una opinión, una hipótesis, un argumento, una evidencia y una verdad demostrada.
La verdadera cultura no consiste en saber muchas cosas.
Consiste en saber qué cosas importan.
El conocimiento necesita jerarquía
Desmurget insiste en una cuestión decisiva: para comprender no basta con tener acceso a los datos. Hace falta poseer conocimientos previos que permitan interpretarlos y organizarlos. La información digital suele presentarse como una inmensa red de fragmentos, sin la jerarquía que facilita el aprendizaje profundo.
Esto debería hacernos sospechar de una de las grandes supersticiones contemporáneas: que poner una computadora delante de un estudiante equivale a poner conocimiento delante de él.
No.
Una computadora puede poner delante de un estudiante el universo entero.
Y precisamente por eso puede no enseñarle absolutamente nada.
El conocimiento tiene arquitectura.
Primero están los fundamentos; después, las relaciones; luego, las consecuencias; finalmente, la capacidad de juzgar.
El estudiante necesita mapas antes de internarse en el laberinto.
Internet le entrega el laberinto.
La educación debe enseñarle a orientarse.
Por eso un libro serio, una clase magistral o un maestro competente pueden resultar intelectualmente superiores a miles de enlaces. No porque contengan necesariamente más información, sino porque organizan la información según un orden inteligible.
La sabiduría comienza cuando dejamos de preguntar únicamente «¿qué hay?» y empezamos a preguntar «¿qué significa?».
La tiranía de lo inmediato
Hay además otro problema.
La información digital ha adquirido una velocidad incompatible con ciertos procesos esenciales del pensamiento.
La inteligencia profunda necesita demora.
Necesita silencio.
Necesita aburrimiento.
Necesita concentración.
Necesita volver sobre una misma página y descubrir, diez años después, que aquella frase que parecía insignificante contenía una vida entera.
La pantalla, en cambio, nos educa para la interrupción.
Una notificación.
Un titular.
Un video.
Una opinión.
Una fotografía.
Otro titular.
Otro video.
Otra opinión.
La mente termina acostumbrándose a vivir en la superficie movediza de las cosas.
Y un hombre acostumbrado a la superficie puede llegar a considerar insoportable cualquier pensamiento que exija profundidad.
Así nace una nueva forma de analfabetismo: no la incapacidad de leer, sino la incapacidad de permanecer ante lo leído.
El espejismo de estar informado
Nunca ha sido tan fácil estar informado.
Nunca ha sido tan difícil estar formado.
Esta frase debería figurar en las puertas de nuestras escuelas.
Porque la información produce una curiosa ilusión de competencia. Cuando tenemos una respuesta disponible, sentimos que poseemos el conocimiento correspondiente.
Pero consultar no es aprender.
Copiar no es comprender.
Recordar una respuesta no equivale a dominar una materia.
Y repetir una opinión no significa haber construido un pensamiento.
El verdadero conocimiento modifica al que lo posee.
Después de comprender profundamente a Aristóteles, ya no se contempla exactamente igual la vida moral.
Después de estudiar la historia, ya no se mira el presente con la misma ingenuidad.
Después de leer a Dostoievski, quizá comprendamos que el hombre es un territorio mucho más oscuro que cualquier estadística.
Después de estudiar geopolítica, una noticia internacional deja de ser una sucesión de acontecimientos y comienza a revelar estructuras, intereses, continuidades y fuerzas históricas.
Eso es conocimiento.
No la acumulación de datos, sino la transformación de la mirada.
El verdadero antídoto
El antídoto contra el cretinismo digital no es odiar la tecnología.
Sería una necedad.
El libro de Desmurget no constituye una cruzada contra toda tecnología; su preocupación se dirige fundamentalmente al consumo excesivo y acrítico de las pantallas, especialmente durante el desarrollo infantil y adolescente.
La cuestión no es abandonar la biblioteca infinita.
La cuestión es aprender a caminar por ella.
Necesitamos recuperar ciertas virtudes intelectuales que la velocidad contemporánea ha vuelto casi revolucionarias: atención, paciencia, memoria, lectura profunda, silencio, disciplina, duda y capacidad de contemplación.
Hay que devolverle al libro su dignidad.
A la conversación, su profundidad.
A la escuela, su autoridad intelectual.
Al maestro, su función de guía.
Y al estudiante, algo que ninguna tecnología puede descargar por él: el esfuerzo de pensar.
La última biblioteca
Borges imaginó bibliotecas infinitas, libros que contienen todos los libros y mundos que se multiplican dentro de otros mundos.
Nuestro tiempo ha realizado, de manera imperfecta y tecnológica, aquella antigua pesadilla metafísica.
Tenemos una biblioteca casi infinita.
Pero seguimos necesitando al lector.
Porque una biblioteca llena de libros no es una civilización culta.
Una civilización es culta cuando sus hombres saben qué leer, cómo leer, qué creer, qué dudar y qué hacer con aquello que han comprendido.
Quizá esa sea la diferencia definitiva entre información y conocimiento.
La información puede llenar una memoria.
El conocimiento forma una inteligencia.
La información nos permite responder.
El conocimiento nos enseña a preguntar.
La información puede convertirnos en hombres que saben.
El conocimiento aspira a convertirnos en hombres que comprenden.
Y la sabiduría —esa antigua palabra que hemos relegado a los márgenes de nuestra época— comienza quizá cuando comprendemos que saberlo todo sería inútil si no sabemos distinguir lo esencial de lo accesorio, la verdad de la apariencia y el ruido de la música.
El verdadero drama de nuestro tiempo no es que tengamos demasiada información.
Es que, habiendo construido una máquina capaz de mostrarnos casi todas las respuestas, hemos olvidado que la grandeza del hombre consiste en aprender a formular las preguntas correctas.



