Luis Abinader ya no tiene otra elección presidencial que ganar. Tiene algo probablemente más complejo: dos años para decidir cómo quiere que sean recordados sus ocho años al frente de la República Dominicana.
Justo al cumplirse la mitad de su segundo y último mandato, el presidente ha movido piezas importantes de su Gobierno. Entre el 16 y el 17 de agosto, una sucesión de decretos ha tocado áreas tan distintas como Relaciones Exteriores, Vivienda, energía, tránsito, aviación civil, puertos, migración, primera infancia, desarrollo provincial, organismos de emergencia, mandos militares y, más recientemente, la dirección de la Policía Nacional.
No son movimientos menores.
Tampoco todos pueden interpretarse de la misma manera.
Hay renuncias, retiros, ascensos, traslados y funcionarios que simplemente pasan de una institución a otra. En el ámbito militar, además, existen dinámicas propias de antigüedad y rotación que sería incorrecto equiparar con los cambios administrativos.
Por eso, reducir todo a una “barrida” gubernamental sería una lectura fácil.
Pero ignorar la dimensión política del momento también lo sería.
Abinader acaba de entrar en los últimos dos años de una Presidencia que constitucionalmente no puede prolongar mediante una nueva reelección consecutiva. Y cuando un gobernante llega a esa etapa, cambia inevitablemente la naturaleza del tiempo político.
Ya no se gobierna pensando solamente en la próxima elección.
Se gobierna también pensando en lo que quedará.
Los decretos pueden cambiar funcionarios en cuestión de horas. Transformar instituciones, corregir deficiencias y recuperar confianza requieren mucho más que una firma.
Ese será el verdadero examen de estos movimientos.
Porque algunos de los cambios ocurren precisamente en áreas donde el ciudadano espera respuestas concretas.
El tránsito continúa siendo uno de los grandes dolores de cabeza del país. El sistema eléctrico sigue enfrentando cuestionamientos por interrupciones, pérdidas y sostenibilidad financiera. La seguridad ciudadana permanece entre las principales preocupaciones de la población. Vivienda, migración y la eficiencia de los servicios públicos tampoco admiten únicamente cambios de nombres.
Por eso, dentro de seis meses importará mucho menos quién ocupó determinada oficina el 16 de agosto y mucho más qué comenzó a funcionar mejor después de su llegada.
Hay además un elemento interesante en esta reorganización: no todo es renovación.
Una parte importante consiste en redistribuir figuras que ya formaban parte de la administración.
Juan Manuel Méndez pasa del Centro de Operaciones de Emergencias al Intrant. Jean Luis Rodríguez deja la Autoridad Portuaria para asumir Vivienda. Víctor “Ito” Bisonó pasa a dirigir la política exterior. Joel Santos concentra nuevas responsabilidades en el estratégico sector eléctrico.
Más que sustituir completamente el equipo, Abinader parece estar reorganizando algunas de las piezas con las que pretende jugar la última parte del partido.
Y ahí surge una pregunta inevitable:
¿Estamos frente a una renovación del Gobierno o ante un intento de imprimir un nuevo ritmo utilizando buena parte del mismo capital político y administrativo?
La respuesta no puede darse hoy.
Tendrá que construirse con resultados.
Pero existe otro reloj que también comenzó a correr.
Mientras Abinader entra en la etapa de su legado, dentro del Partido Revolucionario Moderno comienza inevitablemente a cobrar mayor fuerza la discusión sobre 2028. El presidente debe terminar su Gobierno mientras su organización política comienza a pensar en quién intentará sucederlo.
Son dos tiempos distintos coexistiendo dentro del mismo poder.
Uno mira hacia atrás y pregunta qué quedará.
El otro mira hacia adelante y pregunta quién sigue.
La capacidad de Abinader para evitar que la carrera sucesoria termine desplazando las prioridades gubernamentales será también parte de estos últimos dos años.
Porque uno de los mayores riesgos de cualquier segundo mandato sin posibilidad inmediata de reelección es que el calendario político comience a correr más rápido que el calendario de gestión.
Y todavía quedan demasiadas cosas por hacer como para permitirlo.
Los cambios anunciados pueden interpretarse como una oportunidad para relanzar áreas importantes de la administración. Los nuevos funcionarios merecen tiempo para demostrar si pueden hacerlo. Sería injusto juzgarlos antes de comenzar.
Pero también sería ingenuo pensar que cambiar titulares garantiza automáticamente mejores instituciones.
Un funcionario puede imprimir dirección, liderazgo y eficiencia.
Pero cuando los problemas son estructurales, ninguna persona puede resolverlos únicamente ocupando una silla diferente.
Por eso, quizás la pregunta más importante después de esta reorganización no sea quién ganó poder ni quién lo perdió.
Es otra:
¿Qué quiere corregir Luis Abinader antes de que se acabe el tiempo?
Dos años pueden parecer suficientes.
En política y en administración pública no siempre lo son.
Grandes reformas requieren consensos. Las obras necesitan ejecución. Las instituciones necesitan procesos. Y recuperar la confianza ciudadana, cuando se deteriora, suele tomar mucho más tiempo del que necesita un decreto para cambiar un funcionario.
El 16 de agosto de 2028 llegará con o sin pendientes.
Ese día no habrá decreto capaz de modificar retrospectivamente el balance de ocho años de Gobierno.
Para entonces, muchos de los nombres que hoy ocupan titulares quizás hayan dejado de ser noticia. Lo que permanecerá será aquello que funcionó, las reformas que lograron consolidarse, las obras terminadas, las instituciones fortalecidas y también los problemas que el próximo Gobierno encuentre todavía sobre el escritorio.
Abinader ya no gobierna para conquistar otra reelección.
Gobierna contra el reloj de su propio legado.



