Opinión

Cuando un micrófono se convierte en un riesgo

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@abrilpenaabreu

Las recientes declaraciones de la comunicadora Ana Carolina sobre los feminicidios vuelven a poner sobre la mesa un debate que como sociedad no podemos seguir posponiendo: el enorme poder que tiene un micrófono y la responsabilidad que conlleva utilizarlo.

Comunicar no es simplemente opinar. Es entender que las palabras tienen consecuencias. Quien cuenta con una plataforma pública influye, orienta y, muchas veces, legitima ideas que terminan reproduciéndose en miles de hogares.

Afirmar que los feminicidios son responsabilidad de la mujer no solo es profundamente equivocado; es una afirmación que desconoce décadas de estudios sobre violencia de género, revictimiza a quienes han sufrido abuso y puede reforzar la narrativa de quienes ya justifican el maltrato como una reacción “provocada” por la conducta de su pareja.

Ninguna discusión, ningún reclamo, ningún carácter difícil, ninguna infidelidad ni ninguna provocación convierten un asesinato en responsabilidad de la víctima. La única persona responsable de un feminicidio es quien decide ejercer la violencia hasta quitar una vida.

Ese tipo de mensajes, lejos de contribuir a prevenir la violencia, terminan alimentando una peligrosa cultura de justificación. Hay hombres que ya buscan cualquier argumento para culpar a sus parejas de sus propias reacciones violentas. Escuchar ese discurso desde un medio de comunicación puede interpretarse como una validación de esa conducta.

Por eso resulta válido preguntarse si no hemos confundido la libertad de expresión con la ausencia absoluta de responsabilidad. Tener un micrófono es un privilegio, no un derecho exento de consecuencias éticas. Quien informa o comenta sobre asuntos tan delicados tiene la obligación moral de documentarse antes de emitir juicios que puedan poner en riesgo la comprensión pública de un problema tan grave.

Este caso también reabre el debate sobre el papel de los organismos llamados a velar por la responsabilidad en los contenidos difundidos en los medios. Más allá del nombre o del modelo institucional que se considere adecuado, la discusión sobre estándares mínimos de responsabilidad en la comunicación pública sigue siendo pertinente.

Finalmente, estas declaraciones reflejan algo que merece una reflexión más profunda: cuando una persona considera “normal” que una mujer deba cuidar cada palabra o cada comportamiento para evitar una reacción violenta de su pareja, está describiendo una dinámica de miedo y control que tampoco debería normalizarse. Vivir evitando provocar la ira del otro no es una relación sana; es una señal de alarma.

La libertad de expresión es uno de los pilares de toda democracia. Pero la libertad nunca debe confundirse con la irresponsabilidad. Cuando un mensaje puede contribuir a justificar la violencia contra las mujeres, el silencio no es una opción. La respuesta debe ser más información, más formación y una defensa firme del principio más básico de todos: nadie merece morir por una discusión, y nadie puede ser culpado de la violencia que otro decidió ejercer.