Editorial

China ya no quiere ganar la carrera por la inteligencia artificial, quiere escribir sus reglas

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@abrilpenaabreu

Durante años nos hicieron creer que la gran disputa por la inteligencia artificial consistía en desarrollar el mejor algoritmo, el modelo más potente, el chatbot con más usuarios, y mientras el mundo discutía cuál empresa o cuál país lideraba la innovación tecnológica, la geopolítica avanzaba varios pasos por delante hacia algo bastante más trascendental. La verdadera disputa nunca fue únicamente tecnológica. Siempre fue política. Y el 16 de julio de 2026 en Shanghái quedó más claro que nunca.

Ese día, representantes de 29 países firmaron el acuerdo que establece la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial, WAICO, con sede en Shanghái, con el secretario general de la ONU António Guterres presente en la ceremonia y el canciller chino Wang Yi firmando en nombre de Pekín. Puede parecer un detalle diplomático. No lo es. Estamos presenciando el nacimiento de una nueva competencia global, la lucha por escribir las reglas bajo las cuales funcionará la inteligencia artificial durante las próximas décadas, y quien escriba esas reglas tendrá una ventaja estratégica comparable a la que en otros tiempos otorgaron las rutas marítimas, el petróleo o el sistema financiero internacional.

Hay un detalle en la lista de países fundadores que lo dice todo: Indonesia, Brasil, Malaysia, Sudáfrica, Senegal, Rusia, Pakistán, Cuba, Nicaragua, Venezuela y 19 más. El mapa de los fundadores de WAICO es casi una fotografía del Sur Global. Y ni Estados Unidos ni la Unión Europea fueron invitados. Eso no es un accidente diplomático, es una estrategia deliberada, porque China está construyendo una arquitectura de gobernanza tecnológica que no necesita el permiso de Occidente para existir y que puede ofrecer a decenas de países algo que Washington y Bruselas no les ofrecen, acceso a tecnología de inteligencia artificial sin condicionamientos políticos. Xi Jinping lo dijo sin rodeos en la apertura de la conferencia: anunció 5,000 plazas de capacitación en inteligencia artificial para países en desarrollo en los próximos cinco años, y centros de cooperación con ASEAN, la Unión Africana, la CELAC, el BRICS y la Liga Árabe.

Para América Latina, el dato que merece más atención que cualquier otro es este: cuatro países de la región ya son fundadores de WAICO, Brasil, Cuba, Nicaragua y Venezuela, lo que significa que la región ya está dividida en este tablero antes de que la mayoría de sus gobiernos hayan tenido siquiera una conversación seria sobre inteligencia artificial y gobernanza tecnológica. Brasil, la mayor economía latinoamericana, eligió alinearse con la arquitectura china. El resto de la región, incluyendo República Dominicana, ni siquiera está en la conversación.

La historia demuestra que el liderazgo mundial rara vez depende exclusivamente del tamaño de un ejército o de la fortaleza de una economía. Las potencias consolidan su influencia cuando consiguen que el resto del mundo acepte las normas que ellas mismas diseñaron. Estados Unidos consolidó buena parte del orden internacional después de la Segunda Guerra Mundial no solo porque salió fortalecido económicamente sino porque ayudó a construir las instituciones que organizaron el comercio, las finanzas y la cooperación global. El sistema de Bretton Woods, el FMI, el Banco Mundial y la expansión del dólar como moneda de reserva no fueron solo herramientas económicas, fueron instrumentos de poder, y las reglas que diseñaron siguen siendo influencia décadas después. Esa misma lógica está repitiéndose ahora con la inteligencia artificial, y China lo entendió antes que nadie.

Porque la inteligencia artificial no es solo una innovación tecnológica, es la infraestructura sobre la que funcionarán sectores enteros de la economía durante el siglo XXI, la medicina, la educación, la industria, la agricultura, la logística, la banca, la defensa, la administración pública. Cuando una tecnología alcanza esa dimensión, las reglas que la gobiernan dejan de ser un asunto técnico para convertirse en un asunto geopolítico de primer orden.

Y la batalla más importante no se librará entre las grandes potencias sino en el Sur Global, que es exactamente donde China está apostando sus fichas. Muchos países de África, América Latina y Asia difícilmente podrán desarrollar por sí solos infraestructura de inteligencia artificial comparable con la de las grandes potencias, necesitarán centros de datos, capacitación, plataformas y financiamiento, y quien provea esa infraestructura también proyectará poder político y económico. No es una estrategia nueva, China utilizó una lógica similar con la Iniciativa de la Franja y la Ruta financiando carreteras, puertos y proyectos energéticos en distintos continentes. Ahora esas carreteras dejarán de ser físicas para volverse digitales, y probablemente sean mucho más influyentes.

Tampoco conviene analizar esto desde una visión romántica, porque China habla de cooperación, acceso abierto e inclusión tecnológica mientras enfrenta cuestionamientos reales sobre censura digital, control estatal de internet y la naturaleza de sus propios sistemas de inteligencia artificial, y eso explica por qué muchas democracias occidentales observan WAICO con cautela. Pero esa cautela no resuelve el problema de fondo, que es que Occidente no tiene una oferta equivalente para los países que WAICO está cortejando, y que mientras Washington y Bruselas debaten cómo responder, China ya tiene 29 firmas y sede confirmada en Shanghái.

América Latina corre el riesgo de llegar tarde una vez más, y esta vez el costo no será solo económico. La región necesita construir estrategias nacionales, proteger sus datos, fortalecer la investigación, formar talento especializado y participar activamente en los organismos donde se definirán los estándares internacionales, porque hay una constante en la historia que no falla: quienes no participan en la elaboración de las reglas terminan adaptándose a las reglas que escribieron otros.

La competencia por la gobernanza ya empezó. Y esta vez, a diferencia de otras carreras tecnológicas donde el rezago se mide en años, el rezago en gobernanza se mide en generaciones.