Editorial

Fuego adentro y fuego afuera.

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@abrilpenaabreu

Y esta vez hay una diferencia que no debe subestimarse: sin el paraguas de la llamada sociedad civil organizada, sin partidos políticos al frente y sin una estructura tradicional de coordinación, por primera vez en mucho tiempo el impulso parece surgir directamente de la ciudadanía.

Eso tiene un lado positivo y otro profundamente preocupante, es positivo porque refleja un nivel de inconformidad que ya no necesita intermediarios para expresarse. Pero también es peligroso porque una protesta sin una contraparte legítima con la que discutir soluciones, negociar salidas y canalizar demandas puede terminar desbordándose.

Cuando la frustración colectiva supera ciertos límites, el riesgo es que el pueblo deje de actuar como ciudadanía y empiece a comportarse como una masa guiada por la impotencia y las masas, cuando pierden el control, no siempre razonan: reacciona, una jauría desbordada puede llevarse por delante tanto lo bueno como lo malo.

A dos años de las elecciones ya casi no queda espacio para vender sueños, el tiempo de las promesas empieza a agotarse y el de las soluciones se vuelve una exigencia, desde la oposición siempre es posible señalar errores; desde el gobierno la obligación es resolverlos.

También comienza a sentirse el desgaste natural de cualquier administración, la paciencia ciudadana disminuye, la desesperación aumenta y la demanda de respuestas se vuelve más intensa.

Por eso el momento exige escuchar, corregir y actuar, porque si ese malestar continúa creciendo, la comparación con la Marcha Verde podría quedarse corta, que estas expresiones no tengan un financiamiento visible ni una estructura definida no las hace menos importantes; incluso podría ocurrir lo contrario. El financiamiento imponía organización, liderazgo, límites y responsabilidades. Hoy hay múltiples grupos, múltiples voces y múltiples convocatorias, son todos y no es nadie al mismo tiempo.

Y precisamente esa ausencia de un liderazgo claro hace que el fenómeno sea mucho más difícil de interpretar, de contener y, sobre todo, de resolver.