@abrilpenaabreu
Durante décadas, Pedro Brand ha sido visto como una de las principales reservas verdes del Gran Santo Domingo. Mientras la capital crecía entre cemento y asfalto, este municipio conservó ríos, bosques, montañas y espacios naturales que hoy representan una oportunidad única para un modelo de desarrollo basado en el ecoturismo, la recreación y la conservación ambiental.
Sin embargo, esa visión parece entrar en contradicción con los planes que denuncian los comunitarios sobre la instalación de un vertedero a cielo abierto acompañado de una planta de clasificación de residuos sólidos.
La pregunta es inevitable: ¿vale la pena sacrificar un territorio con vocación ecológica para intentar resolver un problema de basura que el país lleva décadas sin enfrentar con planificación?
No estamos hablando únicamente de un terreno donde se depositarán desperdicios. Estamos hablando de una actividad que supone la llegada diaria de grandes volúmenes de residuos, circulación permanente de vehículos pesados, generación de olores, proliferación de insectos y roedores, riesgos de incendios, posibles filtraciones de lixiviados y una presión constante sobre un ecosistema cuya principal riqueza es precisamente su equilibrio ambiental.
Quienes defienden el proyecto probablemente argumentarán que existen tecnologías modernas para reducir esos impactos. Es cierto. Pero también es cierto que en República Dominicana abundan los ejemplos de proyectos que comenzaron bajo estrictos estándares y terminaron deteriorándose por falta de supervisión, mantenimiento o recursos.
Por eso la preocupación ciudadana no puede despacharse como un simple acto de oposición. Es una inquietud legítima de personas que temen perder aquello que diferencia a su municipio del resto del Gran Santo Domingo.
Las autoridades tienen el deber de presentar todos los estudios ambientales, explicar los criterios técnicos utilizados para seleccionar el lugar, demostrar que las fuentes de agua no estarán en riesgo y garantizar procesos de consulta abiertos y transparentes.
El desarrollo sostenible no consiste únicamente en construir obras, también implica decidir correctamente dónde se construyen y qué impacto tendrán dentro de veinte o treinta años.
Pedro Brand podría convertirse en un referente nacional del turismo ecológico, de la educación ambiental y de la conservación de los recursos naturales. Esa posibilidad genera riqueza, empleo y calidad de vida durante generaciones.
Convertirlo en un punto de recepción y clasificación de basura puede producir exactamente el efecto contrario. Las comunidades no siempre se movilizan por intereses políticos. Muchas veces salen a las calles porque entienden que están defendiendo algo que, una vez perdido, no podrá recuperarse.
Quizás esa sea la verdadera discusión que el país debería tener.



