@abrilpenaabreu
Santiago ha sido durante décadas símbolo de trabajo, empuje económico y orgullo regional, la ciudad corazón, el motor industrial, el rostro del dinamismo empresarial dominicano. Pero hay una pregunta incómoda que el país comienza a hacerse cada vez con más insistencia: ¿qué está pasando realmente en Santiago?
En apenas unos años, la provincia ha aparecido una y otra vez vinculada a casos de crimen organizado, fraude internacional, estructuras de ciberdelincuencia, asesinatos con apariencia de sicariato y redes delictivas cada vez más sofisticadas.
La más reciente alarma la encendió la Operación XL526, que reveló un entramado criminal que operaba desde Jacagua, Santiago, extorsionando ciudadanos estadounidenses mediante llamadas telefónicas, amenazas y chantajes, incluso haciéndose pasar por integrantes del temido Cártel de Sinaloa. No se trató de un improvisado centro de llamadas clandestino, sino de una estructura organizada, con guiones, tecnología y operaciones sostenidas.
Pero este caso no apareció en el vacío, antes estuvo la Operación Discovery. Y luego Discovery 2.0. Y después Discovery 3.0. Redes de “chiperos” dedicadas a estafar pensionados estadounidenses, ancianos vulnerables y ciudadanos de edad avanzada mediante fraudes emocionales, extorsión, robo de identidad y manipulación psicológica. Personas mayores que perdieron ahorros de toda una vida mientras desde República Dominicana algunos convertían el engaño en industria y otra vez, Santiago aparecía como centro de operaciones.
La pregunta ya no es si existen estructuras criminales, la pregunta es cuánto han crecido, qué tan profundas son sus conexiones y quiénes les han permitido prosperar. Porque aquí hay algo todavía más inquietante: en demasiados casos de crimen organizado, pareciera que las alertas llegan primero desde fuera del país.
El FBI participa, agencias extranjeras investigan, autoridades internacionales levantan banderas roja y solo entonces República Dominicana actúa.
¿Dónde estaban mientras tanto nuestros organismos de inteligencia? ¿Qué monitoreo real existe sobre estructuras criminales tecnológicas? ¿Qué seguimiento se hace a fortunas repentinas, operaciones sospechosas o patrones delictivos recurrentes?
No se trata de desmeritar el trabajo de fiscales o investigadores que terminan ejecutando operativos. Se trata de preguntar por qué el delito parece ir siempre varios pasos adelante.
Y mientras eso ocurre, Santiago continúa apareciendo en titulares por asesinatos que muchas veces parecen responder más a ajustes de cuentas que a delincuencia común. Casos que dejan demasiadas preguntas y pocas respuestas.
A eso se suman denuncias públicas de legisladores que aseguran que el sicariato comienza a normalizarse en sectores de la región Norte. ¿Exageración política? Tal vez. Pero cuando los hechos comienzan a acumularse, ignorar las señales deja de ser prudencia y comienza a parecer negligencia.
El caso del chofer de camión asesinado tras ser perseguido por una turba vinculada a una empresa de préstamos todavía deja una sensación amarga en el país. Aún muchos se preguntan quién estaba realmente detrás de esa estructura, quién tenía el poder suficiente para generar tanto temor y por qué ciertas respuestas nunca terminan de llegar.
Y ahí está quizás la parte más peligrosa de todo esto: la sensación de impunidad, porque el crimen no florece únicamente donde hay pobreza, el crimen organizado florece donde hay protección, miedo, silencio o debilidad institucional.
Santiago merece respuestas y el resto del país también, antes de que se disemine por el resto del territorio nacional, No basta con operativos espectaculares ni ruedas de prensa después del escándalo. Hace falta una estrategia integral, una intervención seria de inteligencia, una radiografía profunda de lo que ocurre realmente en el Cibao y, sobre todo, la voluntad política de enfrentar redes que evidentemente se han sofisticado.
Porque una ciudad no se pierde de golpe, se deteriora poco a poco, hasta que un día el país despierta preguntándose cómo fue que algo tan grave se volvió normal.



