Editorial

Cuando la vergüenza desaparece: el caso Capell y la normalización de la deshumanización en República Dominicana

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@abrilpenaabreu

Algo está profundamente roto, cuando la vergüenza desaparece, no se pierde solo el pudor, se pierde el límite y cuando se pierde el límite, todo empieza a valer.

Lo ocurrido con el comunicador Johossan Capell, quien agredió a un padre que perdió a su hijo en la tragedia del Jet Set, no es un hecho aislado, es, en el mejor de los casos, una búsqueda desesperada de atención. En el peor —y más honesto—, es la expresión cruda de una sociedad que ha dejado de sentir.

Porque no, esto no es solo un “exceso”, es una conducta que revela algo más incómodo: la normalización de hacer cualquier cosa por visibilidad, aunque eso implique cruzar líneas básicas de humanidad.

Y aquí está el punto que incomoda: Capell no es el único, durante años, ese “meterle al bloque” se toleró —e incluso se celebró— en la farándula, se volvió espectáculo, se volvió entretenimiento, pero lo que antes parecía limitado a un nicho, hoy ha contaminado todo: lo digital, lo mediático y, peor aún, lo social.

Hemos construido un ecosistema sin reglas claras, donde el algoritmo premia el exceso, la confrontación y la humillación. Y cuando ese sistema crece sin límites, termina arrastrando consigo cualquier noción de respeto.

Hoy no se graba para documentar, se graba para exhibir, para capitalizar, para existir y en ese proceso, el dolor ajeno deja de ser sagrado y pasa a ser contenido.

Lo más preocupante no es el acto en sí. Es la reacción que lo rodea, una sociedad que se detiene más a grabar que a intervenir, que observa más de lo que cuestiona, que consume más de lo que reflexiona.

Capell no es la causa, es el síntoma. … el síntoma de una cultura que ha empezado a justificarlo todo, donde el fin —likes, views, relevancia— termina validando cualquier medio y cuando una sociedad llega a ese punto, ya no está solo desordenada, esta en riesgo.

Porque el problema no es lo que vimos, es que ya no nos sorprende como debería. Cuando el dolor se convierte en contenido, la sociedad deja de ser comunidad.