Así es la sociedad dominicana: palo si boga y palo si no boga.
Todos los años nos quejamos de lo mismo en Semana Santa y en otras festividades. Nos quejamos del desorden, del ruido, del exceso de alcohol, del mal comportamiento, de los heridos, de los muertos. Todos los años repetimos que las autoridades no hacen nada. Pero cuando deciden actuar, entonces también protestamos: que están atacando a los más pobres, que no los dejan divertirse, que la clase media y alta hace lo que quiere mientras al barrio se le cae encima todo el peso del control.
Y aunque esa crítica tiene una parte de verdad, también hay otra verdad que incomoda: a una parte importante de nuestra sociedad no se le puede dar un dedo, porque se toma el brazo completo. Basta ver cómo terminó la fiesta del pasado domingo en el sur, con Rochy RD: a rabazos, en medio del caos, y gracias a Dios la sangre no llegó al río.
Mientras no aprendamos a comportarnos como seres humanos civilizados, y no como una multitud desbordada incapaz de medir consecuencias, seguiremos viviendo bajo el amparo de medidas drásticas. Porque no se puede poner un policía detrás de cada ciudadano para impedir que beba hasta perder el juicio, que convierta cualquier espacio en un vertedero o que actúe como si le quedaran siete días de vida y hubiera que gastarlos todos de golpe.
Ahora bien, los gobiernos —todos— también tienen que entender algo: esta cultura del desorden no surgió sola. Ha sido tolerada, alimentada y muchas veces utilizada políticamente. Durante años se permitió que la informalidad, el ruido, la ocupación del espacio público y la falta de consecuencias se volvieran parte del paisaje nacional. Por eso, sembrar prudencia y disciplina en la psiquis colectiva tomará mucho más que operativos de Semana Santa.
Eso no se corrige en una semana. Eso se enseña todo el año. En la escuela, en la casa, en la comunidad, en los medios, desde el Estado y desde el ejemplo. Solo así, quizás en un par de décadas, podamos exhibir con orgullo una población más educada, más consciente y más disciplinada.
Y hay otro punto que tampoco debe perderse: además de controlar, el Estado también tiene que ofrecer alternativas. Nos guste o no, hay miles de dominicanos para quienes poner una piscina plástica frente a su casa una vez al año representa quizás su único momento de esparcimiento familiar. Si no pueden hacerlo porque eso fácilmente se convierte en desorden, entonces el deber del Estado no puede ser únicamente prohibir. También tiene que crear.
Por eso iniciativas como los campamentos deportivos de Semana Santa del Ministerio de Deportes deberían ampliarse y masificarse, ojalá en coordinación con alcaldías, clubes deportivos, juntas de vecinos y hasta el sector privado. Ofrecer espacios lúdicos, seguros y organizados también es una forma de gobernar. También es prevención. También es política pública.
Porque sí, hay que poner orden. Pero el orden sin oportunidades termina pareciendo castigo. Y la permisividad sin límites termina produciendo exactamente lo que cada año lamentamos.
Al final, en este país todo parece reducirse a lo mismo: palo si boga y palo si no boga. Pero gobernar no es complacer el grito del momento. Gobernar es tomar decisiones, aunque molesten, y al mismo tiempo construir las condiciones para que la gente viva mejor, se comporte mejor y tenga opciones más dignas para disfrutar sin destruirlo todo a su paso.



