@abrilpenaabreu
Las redes sociales han democratizado la palabra, hoy cualquiera puede hablar, opinar, denunciar o cuestionar al poder.
Y eso, en esencia, es positivo. Pero la misma herramienta que amplió la libertad de expresión también abrió la puerta a otro fenómeno: la acusación sin pruebas como espectáculo mediático.
Los distintos episodios protagonizados por el comunicador Ángel Martínez por poner un ejemplo vuelven a poner ese problema sobre la mesa.
Después de meses realizando fuertes señalamientos contra el presidente Luis Abinader el propio Martínez terminó reconociendo públicamente que había difundido informaciones falsas.
Pidió disculpas, admitió que se dejó llevar por datos que le dieron terceros, pero esa admisión llega después de que sus acusaciones circularan ampliamente por redes sociales y espacios mediáticos.
Y ahí radica el problema, en el ecosistema digital actual, una acusación puede recorrer el país en cuestión de horas, una rectificación, en cambio, rara vez tiene el mismo alcance.
El resultado es un debate público cada vez más contaminado por rumores, especulaciones y teorías sin sustento, no se trata de proteger a nadie de las críticas, las democracias necesitan cuestionamientos permanentes al poder.
Pero el cuestionamiento legítimo exige algo básico: evidencia, sin pruebas, la denuncia deja de ser periodismo o fiscalización, se convierte simplemente en ruido.
Y cuando el ruido domina la conversación pública, la ciudadanía pierde algo mucho más importante que una discusión política, pierde la confianza en la información.
La libertad de expresión es un derecho fundamental, pero también implica una responsabilidad, porque en una democracia madura, la palabra tiene peso.
Y ese peso debería obligarnos a usarla con más rigor que espectáculo.



