@abrilpenaabreu
En República Dominicana hemos avanzado mucho en el discurso público sobre la violencia de género. Hoy existe mayor conciencia social sobre el acoso, la invasión del cuerpo ajeno y la necesidad de respetar el consentimiento.
Sin embargo, un episodio ocurrido recientemente durante el desfile del 27 de febrero en el Malecón de Santo Domingo revela que todavía persisten contradicciones profundas en la forma en que la sociedad entiende estos temas.
Durante el desfile, un grupo de jóvenes tocó los genitales de varios militares que participaban en la actividad. El hecho ocurrió en público, frente a familias, cámaras y asistentes que presenciaban una celebración patriótica que forma parte de las conmemoraciones de la independencia nacional.
El video no tardó en circular en redes sociale, Pero lo más llamativo no fue el hecho en sí, sino la reacción social que provocó.
El episodio fue recibido mayoritariamente como una broma. Un momento “gracioso” captado en medio del desfile. Un incidente anecdótico sin mayor trascendencia.
Y es ahí donde surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿habría sido la misma reacción si los roles hubiesen sido inversos?
Si un grupo de hombres hubiese tocado los senos o la vagina de una mujer que participaba en el desfile del 27 de febrero, es muy probable que el país estuviera hoy discutiendo un caso de acoso sexual. Las exigencias de sanción habrían sido inmediatas y el debate público habría girado alrededor de la violencia de género.
Pero cuando la víctima es un hombre, la reacción social cambia. La sociedad tiende a trivializar el hecho. A interpretarlo como un gesto irrelevante o incluso como algo que el hombre “debería tomar con humor”.
Ese enfoque revela un problema cultural que rara vez se discute: el machismo también puede operar en contra de los hombres.
La idea de que el hombre siempre debe aceptar o celebrar cualquier contacto femenino no solo es una simplificación. Es también una forma de deshumanización que reduce al hombre a un estereotipo y elimina la posibilidad de que pueda sentirse vulnerado.
El consentimiento, en realidad, no depende del género. El principio es simple: el cuerpo ajeno no se toca sin permiso. Ni en una broma. Ni en una fiesta. Ni en una actividad pública.
Mucho menos durante una celebración patriótica como el desfile del 27 de febrero, que se supone representa los valores de respeto, civismo y convivencia que una nación aspira a transmitir.
Cuando conductas de este tipo se normalizan en espacios públicos, se debilitan los límites básicos de convivencia.
Tampoco ayuda el silencio institucional frente a situaciones como esta. La ausencia de reacciones claras transmite la idea de que ciertos comportamientos no merecen atención cuando las víctimas no encajan en el perfil habitual de los debates sobre acoso.
Pero la coherencia es fundamental si se pretende construir una cultura de respeto.
Cuando se habla de género, no se habla únicamente de los derechos de la mujer. Se habla de relaciones humanas basadas en el respeto mutuo y en la igualdad de criterios frente a situaciones similares.
Una sociedad que se indigna selectivamente corre el riesgo de convertir la justicia en una cuestión de conveniencia.
La igualdad no significa negar las diferencias entre hombres y mujeres. Significa aplicar los mismos principios cuando se trata del respeto al cuerpo y a la dignidad de las personas.
Si se quiere avanzar hacia una sociedad menos violenta y más consciente de los límites, el primer paso es reconocer que el consentimiento no cambia según quién sea la víctima.
Porque el respeto, para que sea verdadero, no puede depender del género.



