Editorial

No es solo migración

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@abrilpenaabreu

Hay debates que parecen repetirse cada cierto tiempo en la República Dominicana, pero en realidad nunca son exactamente el mismo. Cambian las circunstancias, cambia el contexto internacional y cambia, sobre todo, la dimensión del problema.

La reciente reacción del país ante el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre la política migratoria dominicana no es un episodio más de la larga discusión sobre Haití. Es otra cosa. Y el hecho más revelador no está en el contenido del informe, sino en la reacción interna que provocó.

Por primera vez en mucho tiempo, gobierno y oposición coincidieron sin matices importantes frente a un organismo internacional. Eso en política exterior rara vez ocurre por casualidad. Cuando actores que compiten por el poder hacia adentro coinciden hacia afuera, normalmente no están defendiendo una política pública concreta: están defendiendo un límite.

La discusión suele presentarse en términos simples. De un lado, los derechos humanos; del otro, la soberanía nacional. Pero esa es una simplificación cómoda que evita el problema real.

El informe cuestiona deportaciones, operativos migratorios y el protocolo hospitalario que permite atender a extranjeros en condición irregular para luego proceder a su repatriación una vez recuperados. Desde la lógica jurídica internacional, el planteamiento es coherente: la dignidad humana no depende de documentos ni de nacionalidad.

El problema es que los Estados sí dependen de su capacidad material.

La República Dominicana no comparte frontera con un país funcionalmente estable. Comparte frontera con un país cuya institucionalidad ha sufrido un deterioro prolongado, con amplias zonas sin control efectivo, servicios públicos limitados y una crisis de seguridad reconocida por la propia comunidad internacional. No se trata de una valoración política; es una descripción.

Y ese detalle cambia el enfoque.

Una migración económica puede administrarse con políticas laborales, acuerdos bilaterales y regulación progresiva. Una migración derivada de la descomposición estatal es otra categoría. No es coyuntural ni predecible, ni responde a incentivos tradicionales. Es permanente mientras la causa permanezca.

Aquí aparece la pregunta incómoda que rara vez se formula abiertamente: ¿puede un país asumir indefinidamente la presión social, sanitaria y económica generada por el colapso institucional de su vecino sin comprometer su propio equilibrio interno?

Los sistemas públicos tienen límites. El sistema hospitalario, el educativo y el de asistencia social funcionan con presupuestos concretos financiados por contribuyentes concretos. Cuando la demanda supera de manera sostenida la capacidad instalada, no ocurre una expansión automática de derechos; ocurre un deterioro generalizado del servicio.

Un hospital saturado no discrimina: deja de atender bien a todos.

Nada de esto significa negar derechos humanos ni justificar abusos administrativos. El Estado dominicano está obligado a garantizar trato digno, integridad física y procedimientos adecuados para toda persona bajo su jurisdicción. Ese principio es indiscutible.

Pero otra cosa distinta es exigir que un país sustituya de manera estructural las funciones básicas de otro.

El debate internacional suele concentrarse en la actuación dominicana, pero la crisis haitiana permanece sin una solución efectiva. Se evalúan las consecuencias inmediatas, no la causa profunda. Mientras esa realidad no cambie, la presión migratoria no será episódica sino constante.

Ahí está el fondo del problema.

El conflicto no es entre derechos humanos y soberanía. Es entre dos responsabilidades que hoy no están distribuidas de manera equilibrada: la responsabilidad nacional de un Estado que intenta preservar su estabilidad interna y la responsabilidad internacional de una comunidad que aún no ha resuelto cómo responder al colapso prolongado de uno de sus miembros.

La República Dominicana no está planteando que el problema no exista. Está señalando que no puede enfrentarlo sola.

Y por eso lo ocurrido esta semana resulta significativo. El país político, con sus diferencias habituales, reaccionó como un solo actor. No por consenso ideológico, sino por percepción de riesgo.

Hay momentos en que los debates dejan de ser teóricos. Este parece ser uno de ellos.

Porque al final, la pregunta no es solo migratoria ni jurídica.

Es una pregunta práctica: qué ocurre cuando la crisis permanente de un Estado comienza a poner a prueba la viabilidad cotidiana de otro.

Y esa es una discusión que el sistema internacional todavía no ha terminado de responder.