Opinión

El consumo y la felicidad: una mirada reduccionista entre la biología y la ingeniería social

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Por Luis Abreu


El ser humano es un ser vivo heterótrofo, lo que significa que necesita consumir otros seres vivos para obtener nutrientes, generar energía y cumplir con su ciclo vital. Desde un punto de vista biológico, este acto de consumo no solo garantiza la supervivencia, sino que también puede generar una sensación de bienestar o felicidad. Esta sensación tiene su explicación científica: la ingesta de alimentos provoca la liberación de hormonas neurotransmisores de recompensa, como la dopamina, que funcionan como un mecanismo que refuerza comportamientos vitales para la vida, como lo es comer.

Sin embargo, el consumo humano no se limita únicamente a los alimentos. En la sociedad moderna, la felicidad se ha vinculado también al consumo de bienes materiales, servicios y experiencias. Desde diferentes disciplinas cientificas, se ha estudiado cómo la satisfacción por obtener o anticipar estos elementos está relacionada con un sistema de recompensa biológica, pero también con construcciones sociales.

A lo largo de la historia, diversos gobiernos y sistemas políticos, han adoptado esta interpretación como base para justificar políticas y modelos sociales donde el consumo se presenta como la principal fuente de felicidad. De esta manera, se busca reemplazar o minimizar la responsabilidad del Estado frente a necesidades básicas como vivienda, salud, educación y nutrición, proponiendo que el bienestar de la población puede medirse a partir de la capacidad de consumir.

Un aspecto importante dentro de este fenómeno es que la felicidad no surge únicamente del consumo en sí, sino también de la expectativa y posibilidad de consumir. Por ejemplo, al recibir un salario, un ascenso, o simplemente al revisar el saldo bancario y constatar que se dispone de dinero suficiente, se experimenta una sensación de satisfacción y seguridad. Por otro lado carecer de estos elementos genera ansiedad y frustacion, sentimientos que son relacionados con carecer de felicidad.

La idea es que esta anticipación del consumo genera felicidad porque representa la capacidad de acceder a los recursos necesarios para obtener bienes, servicios o experiencias, así como una sensación de control sobre la propia vida. Por el contrario, la carencia de estos elementos puede generar ansiedad, estrés o frustración, lo que evidencia que el dinero y los recursos potenciales de consumo son en sí mismos, fuentes de bienestar.

El resultado de esta dinámica, sin embargo, no siempre es positivo a nivel social. Al priorizar el consumo como indicador de felicidad, se han promovido sociedades muy consumistas, donde los momentos de satisfacción son efímeros y dependen de la adquisición de bienes y servicios. Mientras tanto, persisten desigualdades estructurales: altos números de familias sin vivienda propia, acceso limitado a la salud, educación deficiente y bajos porcentajes de población universitaria. Así, aunque los individuos pueden sentirse temporalmente conformes gracias al consumo o a la expectativa de poder consumir, la sociedad en su conjunto permanece desigual y fragmentada, beneficiando a ciertos grupos económicos en detrimento de la mayoría.

De esta manera podemos ver que el consumo y la expectativa de consumo son factores que contribuyen a la felicidad humana, tanto por razones biológicas como psicológicas. No obstante, cuando se utilizan como instrumento para medir bienestar social, pueden enmascarar deficiencias estructurales y perpetuar desigualdades. La verdadera comprensión de la felicidad debería integrar tanto los aspectos naturales del ser humano como sus necesidades fundamentales de seguridad, salud, educación y desarrollo personal, evitando reducirla únicamente al placer que brinda el consumo.