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Irán e Israel (Capítulo 2): El Escudo de Peones

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Por: Abril Peña

Si en el capítulo anterior desnudamos la religión para encontrar el poder, hoy toca desnudar la guerra para encontrar la supervivencia. Para el ciudadano promedio en Occidente, nombres como Hezbolá, los hutíes o las milicias iraquíes son sinónimos de caos y terrorismo. Pero si miramos el mapa desde el despacho de poder en Teherán, la perspectiva cambia: esos grupos no son solo aliados; son el chaleco antibalas de una nación que se sabe tecnológicamente inferior.

La “defensa hacia adelante”: pelear en casa ajena

Irán tiene una debilidad militar crítica que rara vez se menciona: su fuerza aérea es, en gran parte, un museo volante de aviones heredados de los años 70. Los estrategas iraníes saben que, en una guerra convencional contra los cazas de última generación de Israel o frente a los portaaviones estadounidenses, no resistirían una semana.

Por eso diseñaron la llamada “defensa hacia adelante”. Su lógica es tan brillante como macabra: si la guerra es inevitable, que nunca se pelee en suelo iraní. Para eso sirven sus “peones”.

Hezbolá en el Líbano funciona como artillería pesada permanente en la frontera norte de Israel. Los hutíes en Yemen son la llave para tensionar el comercio mundial en el Mar Rojo. Las milicias en Irak y Siria constituyen el corredor terrestre que conecta a Irán con el Mediterráneo.

Irán ha tercerizado la guerra. Sus peones son el precio que otros países pagan para que Teherán pueda dormir tranquila.

¿Ínfulas de imperio o instinto de preservación?

Aquí el análisis se vuelve deliberadamente gris. ¿Utiliza Irán a estos grupos porque sueña con reconstruir el Imperio Persa o porque vive con el recuerdo traumático de haber estado solo frente al mundo? Probablemente ambas cosas.

Irán no olvida la guerra contra Irak en los años 80, cuando gran parte de la comunidad internacional respaldó a Saddam Hussein y Teherán enterró a toda una generación. De esa experiencia nació una promesa interna: eso no volvería a ocurrir. Sus peones son su seguro de vida. El mensaje es claro: si me atacas en Teherán, el incendio no se quedará en mis fronteras.

Pero hay también ambición. Al controlar estos grupos, Irán no solo se protege: se convierte en el dueño de la llave del conflicto regional. Ningún proceso de paz ni escalada militar en Medio Oriente puede ignorar hoy a Teherán. De país aislado pasó a ser un verdadero centro de poder asimétrico.

La guerra de sombras con Israel

Israel no es un espectador pasivo de esta arquitectura. Lleva años conviviendo con ella y moldeándola mediante ataques selectivos, sabotajes y asesinatos quirúrgicos que forman parte de la misma lógica de guerra encubierta.

Israel ha entendido que combatir a Hezbolá o a las milicias es atacar el síntoma, no la enfermedad. Por eso, desde 2025, la estrategia se ha ido desplazando. Ya no se limita a destruir arsenales en el Líbano o Siria; apunta a “cortar la mano” que mueve la cuna, golpeando infraestructura logística y nodos estratégicos dentro de Irán.

Esta es la verdadera partida de ajedrez: Israel intenta demostrar, con el respaldo estratégico de Estados Unidos, que el escudo de peones ya no es impenetrable, mientras Irán busca convencer al mundo de que cualquier ataque directo provocaría un colapso regional con impacto global, desde la energía hasta el comercio.

La tragedia del peón

Lo que el relato oficial suele omitir es el costo humano de esta estrategia. Líbano, Yemen o Siria han dejado de ser naciones soberanas plenas para convertirse en escenarios de una guerra que no es la suya. Son los peones que se sacrifican para proteger al rey en Teherán.

Irán ha logrado una independencia estratégica envidiable. Ha construido un muro de influencia que mantiene a raya a sus enemigos. Pero ese muro se levantó sobre las cenizas de sus vecinos y con recursos que su propia población necesita para sobrevivir. El escudo es fuerte, sí, pero el brazo que lo sostiene empieza a temblar. Y cuando el peón deja de creer en la partida, ningún rey está realmente a salvo.