Editorial

Cuando un plan se convierte en una promesa

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@abrilpenaabreu

La República Dominicana inicia este año con algo que no siempre hemos tenido: una hoja de ruta explícita. No es un milagro ni una varita mágica, pero sí un punto de partida: un conjunto de prioridades claras, discutidas al más alto nivel del Estado, con metas, responsables y plazos. En un país acostumbrado a la improvisación, eso ya es una noticia.

El Consejo de Ministros no se reunió para hacer retórica. Se reunió para decidir en qué se va a gastar el poder político y el dinero público durante los próximos doce meses. Y cuando un gobierno elige —cuando prioriza— está diciendo quién importa.

Importa la madre que espera una cita médica que nunca llega.

Importa el joven que quiere trabajar, pero no encuentra dónde.

Importa el agricultor que siembra sin saber si podrá vender.

Importa el barrio que vive a oscuras, el estudiante que se queda atrás, el envejeciente que ya no puede esperar.

Eso es lo que está en juego cuando se habla de salud primaria, agua potable, energía, educación técnica, empleo formal y protección social. No son líneas en un documento: son vidas concretas.

Por supuesto, en República Dominicana nadie es ingenuo. Sabemos que no todos los planes se cumplen. Sabemos que la burocracia, los intereses y la inercia suelen tragarse las mejores intenciones. Pero también sabemos algo más: cuando no hay plan, lo que manda es el caos; y cuando no hay prioridades, siempre ganan los mismos.

Esta vez, al menos, el tablero está sobre la mesa. El reto ahora no es solo del Gobierno. Es también de nosotros como sociedad. Porque un plan sin presión ciudadana se diluye. Un presupuesto sin vigilancia se deforma. Y una promesa sin memoria se olvida.

Aquí es donde entramos todos: los medios, los líderes comunitarios, los empresarios honestos, las iglesias, los maestros, los ciudadanos comunes. No para destruir, sino para exigir. No para sabotear, sino para recordarles a los que gobiernan que gobernar no es administrar poder, es administrar esperanza.

Y este país —cansado, golpeado, desigual, pero vivo— necesita volver a creer que el futuro no es una lotería. Si el Gobierno cumple una parte sustancial de lo que ha prometido, habrá dado algo más valioso que obras: habrá demostrado que planificar sirve. Si la ciudadanía vigila, habrá hecho algo aún más poderoso: habrá convertido una agenda política en un contrato moral.

No estamos condenados a que nada funcione. No estamos obligados a resignarnos. Este año puede ser el inicio de algo distinto. No porque todo vaya a salir perfecto, sino porque por primera vez en mucho tiempo, el país sabe hacia dónde, al menos, dice querer ir.

Y a veces, ese primer paso es lo que lo cambia todo.