Otra vez los “expertos” quedaron mal parados. Los mismos que, con tono doctoral y gráficos de colores, juraban que esta vez sí el calendario político venezolano traería un desenlace fulminante. Que no llegaba a diciembre. Que no pasaba de Navidad. Que el Año Nuevo lo agarraba fuera del poder.
Pues no. Nicolás Maduro se comió su cena de Navidad con hallaca incluida, brindó por el Año Nuevo y amaneció igualito donde estaba.
Mientras tanto, aquí y allá, analistas en modo pitonisos explicando por qué no pasó lo que ellos mismos anunciaron que iba a pasar. Que si “las condiciones objetivas”, que si “el escenario internacional”, que si “faltó presión”. Siempre falta algo… menos el error.
La verdad es menos sofisticada: en política, desear no es analizar, y repetir un libreto no lo convierte en realidad. Confundir anhelo con pronóstico es el deporte favorito de quienes prefieren titulares ruidosos antes que diagnósticos serios.
Maduro sigue ahí no porque sea invencible, sino porque sus adversarios —internos y externos— han subestimado la complejidad del tablero, sobreestimado los atajos y vendido fechas como si fueran certezas. Y cuando el reloj marca otra cosa, hacen silencio… o cambian el guion.
Así que, con respeto, pero sin anestesia:
si el análisis no resiste una cena de Navidad ni un brindis de Año Nuevo, no era análisis.



