@abrilpenaabreu
La visita ayer del Secretario de Guerra de los Estados Unidos no debe leerse como un gesto diplomático, sino como una advertencia geopolítica. Cuando el mayor poder militar del planeta envía a su jefe de Guerra al Caribe —y específicamente a República Dominicana— está diciendo que nuestra región ha entrado en un punto de tensión que ya no puede ser ignorado.
El Caribe se recalienta, Venezuela denuncia provocación, Estados Unidos despliega su mayor portaviones, y la OEA llama a la moderación. Dentro de ese tablero, que Washington elija a República Dominicana para un acercamiento de este nivel confirma algo que el país debe asumir con seriedad: ya no operamos al margen de los intereses globales; somos parte de ellos.
Esa condición trae ventajas, pero también riesgos. La cooperación militar es útil, pero el alineamiento automático es peligroso. RD debe evitar ser arrastrada a conflictos ajenos y, al mismo tiempo, proteger su papel como socio confiable sin renunciar a su autonomía estratégica.
El Gobierno celebrará esta visita como un triunfo diplomático. Pero el país debe verla como lo que realmente es: una señal de que estamos entrando en un ciclo regional más incierto, más tenso y más vigilado. Un ciclo que exige prudencia, claridad y firmeza.
La República Dominicana no puede darse el lujo de jugar sin conciencia de su posición.



