Editorial

Tres balas y un país que vuelve a sangrar

Compartir

@abrilpenaabreu

Hubo un tiempo en que creímos que esa etapa había quedado atrás.

Los tiroteos en los barrios, los pleitos callejeros, las balas perdidas que arrebataban vidas inocentes. Pero la realidad nos ha devuelto, sin anestesia, a ese pasado que nunca terminamos de sanar.

En solo una jornada, tres menores de edad fueron alcanzados por proyectiles que no eran para ellos, uno, un adolescente de 13 años en Puerto Plata, perdió la vida, otro de apenas 8 años, resultó herido y una niña de 9, en Capotillo, lucha entre la vida y la esperanza de volver a caminar.

Tres balas. Tres infancias. Tres destinos truncos. Y detrás de cada una, la misma raíz podrida: la violencia que se respira en los callejones, la impunidad que se tolera, el microtráfico que corroe y el “raterismo” cotidiano que normalizamos como si fuera parte del paisaje urbano.

Porque esto no son accidentes, un accidente es un descuido, una tragedia sin intención, pero el que aprieta un gatillo —sea por venganza, por miedo o por territorio— sabe que está soltando un proyectil sin dirección, y que ese trozo de metal puede atravesar la vida de cualquiera. El que dispara tiene que cargar con el peso de no saber dónde va a terminar esa bala, ni a quién va a dejar sin futuro.

Lo que más duele no es solo la pérdida, sino la repetición, la sensación de que estas historias son cada vez más frecuentes, de que hemos vuelto a un ciclo que creíamos superado, donde la niñez pobre paga el precio de la descomposición social. Y mientras tanto, los victimarios —muchos de ellos también jóvenes— terminan marcados de por vida, entre la cárcel y el remordimiento, si acaso lo sienten.

Tres balas bastan para recordarnos que la violencia no se extingue con discursos ni con operativos fugaces, que mientras el microtráfico siga dominando las esquinas, mientras el Estado no recupere los espacios que ha cedido, mientras la educación y las oportunidades sigan ausentes, la delincuencia seguirá incubando en el mismo lugar donde un día hubo sueños de infancia.

La violencia no solo mata cuerpos; mata la esperanza y cuando eso pasa, un país entero empieza a morirse un poco también.