Editorial

La vida no se mide por pasaporte: el doble rasero que ya es costumbre

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@abrilpenaabreu

Hace unos días, dos agentes de la Dirección General de Migración dominicana fueron agredidos durante un operativo en Montecristi. Uno de ellos, recién graduado, fue atacado a machetazos. Mientras su sangre dominicana manchaba el suelo, la noticia apenas ocupó espacio en los medios internacionales. Ningún organismo de derechos humanos emitió comunicados de emergencia. Nadie pidió sanciones. Ninguna figura pública internacional exigió justicia. El silencio fue estruendoso.

Y no es la primera vez.

En cambio, cuando un inmigrante haitiano en República Dominicana denuncia cualquier maltrato —sea fundado o no—, la maquinaria global de la indignación se activa con precisión milimétrica. Medios, ONGs y organismos multilaterales emiten pronunciamientos de inmediato. Se escriben editoriales en Washington, se producen documentales en Francia, se elevan quejas desde Bruselas. En menos de lo que dura un vuelo de Puerto Príncipe a Santo Domingo, ya estamos otra vez en el banquillo de los acusados.

¿El problema?

Que esa indignación no es pareja. Que la vara con la que se mide la dignidad humana parece tener una cara, un idioma y una nacionalidad específica.

La vida humana no debería valorarse por el pasaporte que se porta. Ni la muerte debería importar más o menos según el color de piel o el país de origen. Pero eso es exactamente lo que está ocurriendo.

El doble rasero no solo es ofensivo. Es profundamente peligroso. Porque instala en el imaginario colectivo la falsa idea de que unos tienen más derecho a la justicia que otros. Que la vida de un agente dominicano es prescindible, mientras que cualquier roce a un inmigrante —incluso en medio de operativos legales— debe ser condenado como una afrenta a la humanidad.

Y no, este sesgo no es nuevo. Es estructural. Histórico.

Todo el mundo conoce la Masacre del Perejil de 1937, y es justo que así sea. Fue un hecho monstruoso que debemos recordar para no repetir. Pero… ¿quién fuera de este país ha oído hablar de la Masacre de Moca? ¿Quién conoce a las Vírgenes de Galindo, violadas y asesinadas durante la ocupación haitiana? ¿Quién ha leído un solo informe de Amnistía Internacional sobre los militares dominicanos muertos a pedradas o puñaladas durante operativos en barrios dominicanos tomados por el desorden migratorio?

Casi nadie. Y eso no es casualidad. Es una narrativa construida, sostenida y convenientemente ignorante.

En República Dominicana no defendemos la violencia contra nadie. Pero tampoco aceptamos que la violencia ejercida contra nosotros se ignore como si no existiera.

Aquí no hay ciudadanos descartables.

Aquí no hay muertos de segunda clase.

Quienes verdaderamente creen en los derechos humanos no pueden tener el coraje selectivo ni la empatía con filtro. Porque cuando se callan frente a nuestras víctimas, no están defendiendo justicia. Están haciendo propaganda.

Y de esa, este país ya ha tenido suficiente.