Por José Manuel Jerez
La frase bíblica “No pondrás bozal al buey que trilla” (Deuteronomio 25:4) constituye una de las expresiones más significativas en torno a la justicia retributiva y al reconocimiento del esfuerzo.
Aunque en su contexto original hacía referencia al animal de labor agrícola —el buey que, al trillar el grano, debía tener derecho a alimentarse con parte del fruto de su trabajo—, su alcance se ha extendido históricamente hacia la valoración del esfuerzo humano en todos los ámbitos de la vida social, política y económica. De hecho, la frase es retomada posteriormente en el Nuevo Testamento por el apóstol Pablo (1 Corintios 9:9; 1 Timoteo 5:18), para fundamentar la idea de que el trabajador es digno de recibir compensación por su labor.
En un plano simbólico, el mandato revela una profunda lección ética: no se debe privar al que produce del disfrute de los beneficios derivados de su esfuerzo. Se trata de un principio que trasciende lo agrícola y lo religioso para insertarse en el campo de la filosofía moral, la teoría del trabajo y, en sentido amplio, en la construcción de un orden social justo. El hecho de que se prohíba colocar un bozal al animal que trilla encierra un reconocimiento al vínculo entre trabajo y dignidad: el trabajador —ya sea humano o, en el sentido literal, el animal— no puede ser visto meramente como un instrumento de producción, sino como un ser que merece respeto, cuidado y retribución.
Desde la óptica de la justicia distributiva, esta máxima se adelanta a lo que siglos después sería la doctrina moderna de los derechos laborales. Reconoce, en términos embrionarios, el principio de proporcionalidad entre esfuerzo y beneficio, según el cual quien contribuye al bien común debe participar en los frutos del mismo. Privar de ese derecho es generar un doble perjuicio: por un lado, se desincentiva el trabajo, y por otro, se erosiona la moral social que descansa en la confianza de que el esfuerzo recibirá su justa recompensa.
El pasaje bíblico, en consecuencia, no solo contiene una norma práctica de trato hacia los animales de labor, sino también una metáfora que la tradición judeocristiana transformó en regla ética universal: quien trabaja tiene derecho a ser estimulado, no a ser reprimido; a ser reconocido, no a ser invisibilizado. Desde un enfoque sociopolítico, ello implica que el diseño de las instituciones y políticas públicas debe orientarse a generar mecanismos de estímulo y reconocimiento para quienes sostienen con su esfuerzo el aparato productivo y social.
En caso contrario, se corre el riesgo de socavar la productividad, la cohesión y la justicia social.
En la dimensión psicológica y motivacional, la enseñanza es igualmente profunda. El trabajo humano, al igual que la labor del buey que trilla, no puede florecer bajo condiciones de desmotivación o de represión. El estímulo y el reconocimiento constituyen motores fundamentales para la creatividad, la perseverancia y la excelencia en el desempeño. Una sociedad que “bozalea” a sus trabajadores, profesionales, intelectuales o artistas, negándoles la justa valoración de su esfuerzo, siembra inevitablemente frustración, apatía y desencanto.
Por tanto, el principio implícito en “No pondrás bozal al buey que trilla” es un llamado atemporal a la justicia, a la ética del reconocimiento y al respeto de la dignidad inherente al trabajo. Lejos de ser una disposición arcaica limitada al ámbito agrícola, constituye una enseñanza que anticipa nociones modernas de derechos laborales, justicia distributiva y motivación social. Reconocer y recompensar el esfuerzo no es un acto de generosidad, sino de justicia. El trabajador —como el buey que trilla— no puede ser visto únicamente como un medio de producción; debe ser respetado como sujeto de derechos y de dignidad.
En conclusión, esta expresión bíblica encierra una filosofía del trabajo y de la justicia que conserva plena vigencia. Al exhortar a no “poner bozal al buey que trilla”, se nos recuerda que el verdadero progreso de una sociedad depende de su capacidad para reconocer, estimular y recompensar el esfuerzo de quienes la hacen posible. Allí donde este principio se respeta, florece la productividad y la cohesión social; allí donde se viola, impera la desmoralización y el estancamiento.



