Por Bellelyn Castillo
Vivimos en una sociedad que aplaude la productividad y la fortaleza, pero guarda silencio ante el sufrimiento mental. Aunque se habla más del tema, la salud mental sigue siendo tratada como un lujo o exageración.
Estar bien emocionalmente no es un capricho, es una necesidad. Cuando la mente no está bien, todo se ve afectado: el trabajo, las relaciones, incluso las tareas más simples del día. Es como si el cuerpo funcionara, pero el alma estuviera ausente.
Muchos sufren en silencio, se aíslan y, sin apoyo ni recursos, pueden caer en un estado tan profundo que consideran el suicidio como única salida. Lo alarmante es que, en muchos casos, lo logran.
Además, el costo de la atención psicológica hace que sea inalcanzable para quienes más lo necesitan. Un salario mínimo no cubre una terapia semanal, y eso es una injusticia. La salud mental debe ser un derecho, no un privilegio.
Es hora de dejar de minimizar este problema. Necesitamos más empatía, más apoyo, y políticas públicas que prioricen la salud mental. Detrás de cada sonrisa fingida, puede haber alguien pidiendo ayuda a gritos, aunque no se escuche.



