@abrilpenaabreu
En Santo Domingo, ya no cabemos. Y el caos del tránsito no es una percepción: es una realidad que nos cuesta tiempo, salud mental y dinero. Por eso, el plan de reordenamiento vial presentado por el INTRANT es, en teoría, una buena noticia. Sin embargo, cuando se mira más de cerca, surgen preguntas legítimas: ¿quién lo pensó? ¿Para quién se diseñó? ¿Y quién pagará el costo de su implementación?
El plan contempla la reorganización de 11 vías principales del Gran Santo Domingo, la restricción de giros a la izquierda, la optimización de semáforos, la regulación del estacionamiento a través del programa Parquéate Bien, y el escalonamiento de horarios laborales como solución para distribuir mejor el tráfico. Todo parece lógico… hasta que se confronta con la vida real del ciudadano común.
Por ejemplo el escalonamiento del horario laboral no incluye a los centros educativos, pese a que más del 70 % de los desplazamientos diarios son por trabajo y estudio, según el propio INTRANT. ¿Cómo se supone que funcione esto para los padres y madres?
Si el nuevo horario laboral asignado es más temprano que el inicio de clases, deben esperar hasta que abran los colegios. Si es más tarde, se arriesgan a llegar tarde o a pagar parqueos innecesarios en esa espera. Y al final de la jornada ocurre lo mismo: si los padres salen a las 5:00 p.m. pero el niño terminó a las 2:00, ¿dónde estará ese menor durante tres horas?
La solución planteada ignora que miles de familias combinan rutinas laborales y escolares todos los días. Implementar escalonamientos sin integrar el calendario académico es dejar afuera a una parte vital del problema… y también de la solución.
Otra vertiente es el giro que no puedes hacer… y el gasto que nadie menciona que ocasionará.
Tomemos un caso concreto: si un conductor que transita por la Abraham Lincoln no puede girar a la izquierda en la 27 de Febrero, deberá seguir hasta la próxima intersección habilitada. Eso puede significar entre 1 y 2 kilómetros adicionales por trayecto. Parece poco, hasta que se multiplica.
Un solo kilómetro extra en representa entre RD$18 y RD$25 en combustible, sin tapón, si ese giro es parte de tu ruta diaria, el gasto mensual adicional ronda los RD$500, solo en gasolina. Y eso es solo por un giro, si tienes que hacer varios, se puede escuchar el ting en el bolsillo como si fuese una caja registradora.
No se trata solo de ordenamiento vial. Se trata de decisiones técnicas que tienen impacto directo en la economía familiar.
La joya de la corona es Parquéate Bien… la pregunta es si podremos pagarlo.
El programa Parquéate Bien establece una tarifa de RD$25 por hora. Una persona que trabaje de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., de lunes a viernes, terminaría pagando más de RD$4,800 al mes solo por estacionarse. Eso equivale a más de la mitad de un salario mínimo.
Si a eso le sumamos desvíos por restricciones de giro, tiempos de espera por falta de sincronización con el horario escolar, y los costos de parqueos adicionales mientras esperas, lo que se presenta como una solución técnica se convierte en una carga para quien no tiene cómo pagarla.
Si bien medidas similares han sido exitosas en otras ciudades como Bogotá, Ciudad de México o Barcelona, estas siempre estuvieron acompañadas de alternativas viables:
Transporte público eficiente. Bicicarriles funcionales. Parqueos públicos periféricos. Coordinación real entre empresas y centros educativos.
Aquí no. Aquí se eliminan giros, se cobran parqueos, se aumentan las multas y se escalan horarios… pero solo para empleados, no para estudiantes.
¿Cómo se espera entonces que las familias se beneficien del supuesto alivio vehicular?
El plan de tránsito no está mal desde lo técnico, pero está incompleto desde lo humano. El tránsito no se arreglara sólo con cámaras ni decretos. Se arregla con empatía, planificación integral y enfoque social.
Ordenar el tránsito es necesario, eso es más que obvio, pero hacerlo sin alternativas reales es convertir el espacio público en un privilegio. Uno donde cada kilómetro extra, cada hora de parqueo y cada horario sin lógica familiar es una piedra más sobre los hombros de la clase trabajadora y media.
Una ciudad no se transforma desde el escritorio. Se transforma desde la calle, donde caminan los padres, las madres, los estudiantes y los trabajadores.
Y si no se escucha a quienes hacen ciudad, lo que se está construyendo no es orden… es desigualdad.



