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26 de abril de 1965: Bombardeo sobre Santo Domingo

Por Abril Peña

ElPregoneroRD- Santo Domingo. La mañana del 26 de abril de 1965 cambió para siempre el rostro de la capital dominicana. Las bombas cayeron sin piedad sobre barrios enteros, lanzadas por la Fuerza Aérea Dominicana, en un intento desesperado de aplastar el movimiento constitucionalista que exigía el regreso de Juan Bosch y la restitución de la Constitución de 1963.

Lo que había comenzado como un levantamiento militar se había transformado ya en una guerra civil abierta. Militares dominicanos peleaban en ambos bandos:

Por un lado, los constitucionalistas, formados por oficiales jóvenes, soldados rasos y algunos altos mandos, exigían el retorno del orden democrático. Del otro, los militares golpistas, apoyados por sectores conservadores y parte de la vieja guardia trujillista, defendían el gobierno de facto instaurado tras el golpe de Estado de 1963.

El cielo se cubrió de aviones Vampire y Mustang, que volaban a baja altura soltando su carga mortal sobre una ciudad atemorizada.

Los bombardeos no respetaron líneas de combate ni zonas civiles.

Iglesias, hospitales, mercados, viviendas y calles densamente pobladas fueron atacadas con la misma violencia que las posiciones militares.

El fuego cayó sobre combatientes y civiles por igual, arrasando vidas, hogares y sueños.

Una de las escenas más crudas de aquel día se registró cerca del Puente Duarte: un tanque M-41, en su avance desordenado por calles humeantes, aplastó el cadáver de un joven combatiente civil. La imagen del cuerpo semienterrado bajo las orugas pasó de boca en boca entre los sobrevivientes como símbolo del horror de esa jornada.

Los combates se intensificaron en la avenida Mella, Duarte, Palo Hincado y los alrededores del puente. Los disparos de fusiles, ametralladoras y artillería estremecían los cimientos de una ciudad improvisadamente convertida en campo de batalla.

Dentro del perímetro constitucionalista, se escuchaban los gritos de los heridos y el llanto de los niños. La Cruz Roja trabajaba sin descanso. Médicos y voluntarios se jugaban la vida trasladando heridos en carretillas, automóviles particulares y hasta a pie.Los hospitales estaban desbordados. Santo Domingo, bombardeada por sus propios aviones, herida en su propio corazón, se convertía en escenario de una tragedia que estremecería a la nación y al mundo.

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Uno de esos momentos de angustia quedó grabado en la memoria colectiva: el ataque aéreo sobre el hospital Padre Billini, donde decenas de enfermos y médicos se vieron obligados a refugiarse en los sótanos mientras las bombas caían cerca.

Una testigo presencial, Doña Rosa Ramírez, recordó años más tarde en una entrevista:

“Se oía el zumbido de los aviones bajitos, bajitos… y después el estruendo. Las casas temblaban. Yo me tiré al piso con mis hijos, abrazándolos. Pensé que ese era mi último día.”

Otro sobreviviente, Luis Emilio Rodríguez, entonces apenas un adolescente, relató:

“Yo vi cuando el tanque pasó sobre el cuerpo del muchacho. Nadie podía hacer nada. Solo corríamos de un lado a otro como ratones, buscando dónde no nos alcanzara la metralla.”

En el hospital Padre Billini, que fue bombardeado parcialmente, médicos como el doctor Julio César Castaños improvisaron cirugías en los pasillos y atendieron a cientos de heridos sin descanso.

“Ese día la muerte parecía caminar entre nosotros —contó un testigo—. Era entrar a un hospital y ver heridos apilados en el suelo, esperando que alguien pudiera salvarlos.”

La resistencia fue feroz. Aunque superados en armamento, los jóvenes soldados constitucionalistas y cientos de civiles construyeron barricadas con autobuses, automóviles volcados y sacos de arena.

Los constitucionalistas, armados con fusiles, algunas ametralladoras Browning y una voluntad férrea, lograron resistir durante días en condiciones desesperadas. Se improvisaban barricadas con autobuses y automóviles volcados. Mujeres, adolescentes y ancianos se sumaron a la defensa de su ciudad.

Al final del día, el número de muertos era incalculable. Se reportaron decenas de cadáveres en calles principales, cuerpos tendidos en esquinas y parques, mientras los hospitales y morgues colapsaban.

El bombardeo del 26 de abril no sólo dejó escombros y cadáveres. Dejó también una marca imborrable en la memoria histórica dominicana: el recordatorio de hasta dónde puede llegar la violencia cuando se rompe el orden democrático.

Hoy, seis décadas después, esa fecha sigue viva como una advertencia y como un homenaje silencioso a quienes, entre fuego y metralla, defendieron el sueño de un país libre y constitucional.