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El degüello de Moca: 220 años después, una verdad que aún clama desde el silencio

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En 1805, en plena guerra y caos colonial, Moca fue escenario de una de las masacres más atroces —y menos contadas— de nuestra historia. Hoy, dos siglos después, sigue siendo una herida abierta y desconocida para gran parte del pueblo dominicano.

POR ABRIL PEÑA |

ElPregoneroRD- Distrito Nacional.- Moca, 3 de abril de 1805. En una jornada que comenzó bajo la tensa calma de la ocupación francesa, la villa de Moca vivió uno de los episodios más oscuros y sangrientos de la historia dominicana: el Degüello de Moca. Aquel día, las tropas haitianas comandadas por Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe —recién proclamados libertadores en el oeste de la isla— descargaron su furia sobre esta apacible comunidad del Cibao, dejando un saldo aproximado de 500 muertos. Hombres, mujeres y niños fueron degollados, muchos de ellos dentro de la iglesia del pueblo, convertida en una trampa mortal.

La masacre que comenzó con una misa

Uno de los aspectos más escalofriantes de este episodio es la forma en que se llevó a cabo. Según documentos de la época y relatos recogidos por historiadores como Gaspar de Arredondo y Pichardo, las tropas haitianas engañaron a la población convocándolos a una ceremonia religiosa. Los habitantes, confiados en la neutralidad sagrada del templo, acudieron masivamente. Una vez dentro, las puertas fueron cerradas y comenzó la masacre. Ni siquiera los niños fueron perdonados: 40 de ellos fueron degollados en el presbiterio.

El cura del pueblo —cuyo nombre se ha perdido en el tiempo— intentó interceder por los feligreses. También fue asesinado. El templo, que en otras circunstancias habría sido símbolo de paz, se convirtió en un altar de sangre.

Los que lograron huir

Pocos sobrevivieron, pero algunos testimonios han pasado de generación en generación. Ana María Tejada, una joven de 15 años, logró escapar antes de que cerraran las puertas de la iglesia. Se ocultó durante días en los montes cercanos, alimentándose de raíces y agua de lluvia. Décadas después, sus descendientes contaron su historia, una de tantas que nunca llegaron a los libros de texto ni a los discursos oficiales.

Una campaña sistemática de terror

El Degüello de Moca no fue un hecho aislado. Las tropas haitianas, al no lograr expulsar a los franceses de Santo Domingo, iniciaron una retirada devastadora por el norte del país. Monte Plata, Cotuí, La Vega y Santiago también fueron atacadas. En Santiago se estima que murieron otras 400 personas. En muchos casos, las tropas saquearon propiedades, incendiaron casas y ejecutaron civiles sin distinción.

Los ataques fueron vistos por muchos como un acto de venganza por siglos de esclavitud y abusos sufridos por la población negra en el oeste de la isla, que ahora buscaba establecer control sobre todo el territorio insular. Sin embargo, los pueblos del este —muchos de ellos rurales y sin relación con la élite esclavista francesa— terminaron pagando el precio.

Las cifras del olvido

No existen registros oficiales exactos de cuántos murieron aquel día. Muchas actas civiles y archivos eclesiásticos fueron destruidos junto con la infraestructura del pueblo. La mayoría de los cadáveres fueron lanzados a fosas comunes o incinerados. Se habla incluso de cabezas humanas llevadas como trofeo, un acto brutal destinado a sembrar terror más allá del momento inmediato.

Durante el siglo XIX, el episodio fue sistemáticamente ignorado en documentos oficiales. Se cree que el silencio respondió a un afán de evitar nuevas tensiones diplomáticas con Haití o de mantener cierta narrativa política en la isla. La masacre fue sepultada bajo el polvo del olvido institucional.

¿Por qué recordar?

Recordar no es un acto de revancha. Es un ejercicio de memoria histórica. Es justicia para los que no tuvieron voz, para los que murieron creyendo que un templo era un refugio, para los niños que fueron asesinados en silencio.

El Degüello de Moca forma parte de nuestra identidad. Es una de las piezas fundacionales del resentimiento hacia una ocupación externa y, paradójicamente, del germen que daría lugar al nacimiento de una nación 39 años después, en 1844.

Y sin embargo, hoy, 220 años después, pocos dominicanos conocen esta historia. No se enseña en las escuelas. No tiene un monumento nacional. No ha sido objeto de ninguna reparación simbólica. Lo que debió ser un punto de reflexión se convirtió en un vacío colectivo.

Este 3 de abril de 2025, conmemoramos más de dos siglos de un hecho que nos interpela como sociedad. Pero pasó sin pena ni gloria, lo cual hace que nos preguntemos: ¿Quién decide qué episodios deben ser recordados? ¿A quién le sirve el silencio?

La historia no puede ni debe ser selectiva. La sangre derramada en Moca no puede quedar relegada a un párrafo oculto en los libros de historia. El Degüello de Moca debe ser contado con la misma fuerza con que se narran las gestas patrióticas, porque también forma parte de lo que somos.

Hablar de ello no es sembrar odio, es rescatar la verdad. Y la verdad, aunque duela, libera.